Habitante del paraíso

CABALLITONace el sol entre palmares, tabachines, coapinoles y arrayanes. Los pájaros revolotean en los verdes montes de la sierra madre occidental. Muere el sol en la bahía más grande del mundo, se pierde en el proceloso pacífico mientras las olas besan las amarillas y apacibles playas de un paraíso escondido.

El cálido viento marino baña las blancas y tejadas casas de las laderas distribuidas a manera de nacimiento, en tanto que la hamaca se mece imitando los cadenciosos ires y venires de los cococteros. Las alegres toninas baten sus aletas señalando el curso de las barcas. Allende un marino chasquea su lengua tirando su último cigarrillo.

Esas preciosas buganvilias, de caleidoscópicos, colores adornan con prístina hermosura las altas bardas de ladrillo, como si quisieran formar un nuevo ser: la bardavilia. Esa viejecilla que teje un descolorido chal sonríe al ver pasar a ese desgarbado gringo que farfulla extraños vocablos en español.

Famosos personajes de la farándula y de la política alternan mientras pasean en ese fresco malecón, símbolo eterno del paraíso, ante la mirada indiferente de los lugareños. Quizá eso les cautive a quienes están acostumbrados a dar autógrafos.

El excitante raicilla y el pescado asado en vara son los codiciados manjares que se disputan los visitantes, amén de la hospitalidad, sencillez y gentileza de los que habitan ese hermosísimo lugar, ese paraíso recóndito llamado Puerto Vallarta. Belleza absoluta, paz armoniosa y alegría incesante son particularidades de ese Puerto.

Un lugar especial y una mención de honor a John Huston, aquel famoso cineasta y director, al cual se le debe la fama universal del Vallarta. Puerto Huston sería el nombre indicado para este edén del Pacífico.

Caminar por la calles de Vallarta equivale a pasear por el olimpo. Charlar con sus gentes es conversar con los ángeles de un cielo prometido por el Creador.

Bellísimo Vallarta, mi corazón se exalta al simple pronunciar tu nombre. En cualquier otro lugar de tristeza perecería.