Hotel de paso

ROTOBlancas paredes, con ausencia de figuras religiosas, y entradas anónimas adornan las cotidianas infidelidades, traiciones y ocultos deseos de muchos hombres y mujeres quienes en un anhelo de ayuntamiento pretenden olvidar sus fatigosos caminos que surcan sus desabridas vidas.

Imponderables perdiciones del alma en la noche más oscura de la existencia, anillos nupciales quebrados al filo del deseo de poseer cuerpos más que almas, rotas promesas de altar dentro de un recóndito lupanar de camas manchadas de lubricidad, esquizofrenia y perversión. Ofrendas a los altares del mundo, de la carne y de satanás.

Ahí, lo más importante son la cama, el servibar, la música y el baño.  El lecho tiene que ser suntuoso y sugestivo propio del placer furtivo y nada que recuerde al lecho nupcial. Ahí se encuentran, en un abrazo intenso, vidas equivocadas, existencias obsesivas de patología siquiátrica.

El servibar indica la invitación al olvido, a la liquidación de los resabios morales y religiosos, a la actuación desinhibida, a la desfachatez anhelada y a ese vale madre que todos llevamos dentro. Baco brinda sus favores y elimina  cualquier resto de remilgo, vence la resistencia y vela la conciencia.

Las melodías despiertan suaves sentimientos que justifican el apareamiento, exalta profundas y reprimidas pasiones. Acarician el alma y hacen correr sangre en el cuerpo. Sirven de puente entre mente y cerebro. Evocan gratos recuerdos como para imaginarse atrevidos, añejos e imposibles amores. Impulsan a  hacer lo que nunca se pudo.

El baño es útil para lavarse cualquier sentimiento de culpa, para ocultar esas inconfundibles señales de un sexo mal habido. Aun cuando el alma no se limpie ni con el jabón más agresivo.

En el hotel de paso todo está pensado: entrada disimulada, cama, música y vino. Ahí el espíritu de desdobla en la fugacidad de un placer a escondidas.

Hotel de paso, laberinto de temores y errores disimulados.