Vida: volar y aterrizar

VOLARPocas cosas he encontrado más bellas que el volar. Desde Mi Balcón hoy presencié el espectáculo único de una gran línea de pelícanos en plena travesía por el aire; el caporal, el mandamás al frente y el resto en una disciplina absoluta zigzagueando a diferentes alturas sobre el nivel del mar. Que divertidos van, todos en grupo, con esa gran libertad que da el vuelo.

Aquí cerquita, a unos cuantos metros de mi mesa de trabajo, junto al bebedero con líquido rojo que tanto aprecian, dos colibríes, me imagino uno hembra y el otro macho, vuelan haciéndose sorriloquios, coqueteándose, llamándose mutuamente la atención, moviendo sus pequeñas alas a 6000 movimientos por minuto, para gozar de dos placeres inmensos, el volar, el moverse libremente en el aire y el de amar, con toda la pompa y circunstancia del coqueteo, del quedar bien, del buscar la atracción mutua a base de galanería y la feminidad. Los hicieron pequeños, los colibríes son pajaritos diminutos, pero deben tener el corazón muy grande para disfrutar este doble privilegio.

Escucho el ruido de un cuetón, sordo, pero sonoro y miro la estampida de una parvada de más de cien palomas o pichones, de todos colores, la mayoría blancos, pero hay otros canelos o pintos de negro, del color de aquellas vacas holandesas que con una sola descarga de su voluminosa ubre son capaces de alimentar con el líquido blanquísimo repleto de proteínas (léase leche) a más de cincuenta chamacos de seis años. Nada tienen que ver las vacas Holstein con las palomas, mas que la similitud del color, pero me resbalé y la pluma se fue a donde le dio la gana, y ella, la pluma con la que escribo, también tiene derecho a volar y a ser libre. Qué manera de moverse de estas palomas que van del hotel con nombre de flor al hotel con su propio nombre, el Paloma del Mar; suben y bajan con una rapidez insólita, viran de izquierda a derecha, en picada o planeando y jamás chocan entre sí. No sé si llevan un radar o simplemente es el respeto a la disciplina o a los derechos y espacios de cada quien. Los cuetones las mueven pero no las espantan. Las palomas tienen el doble placer de gozar su vuelo y, además, el placer de la convivencia y quizá un tercero, el saberse dueñas de un territorio que jamás abandonan, un territorio que comparten entre sí, sin luchas estériles, sin provocaciones, sin pleitos inútiles, en total respeto de las unas con las otras.

Mucho más temprano, al amanecer, ya había disfrutado el espectáculo que todas las mañanas dan los zanates en el gran laurel de la India de atrás de mi casa. Esos pajarracos negros, tan negros que brillan en color azul, que vuelan brincoteando de una rama a otra haciendo un escándalo con sus graznidos. Pájaros traviesos, descarados, que vuelan en corto a la terraza del vecino a comerse las croquetas del perro grandote, que solo los mira como le bajan la mitad de la charola. A mí me parecen hermosos a pesar de ser chapuceros y vivales y también vuelan, vuelan bonito, planean en las tardes en los árboles de las plazas (donde hay plazas, ya sabemos que en Puerto Vallarta no hay) o los parques públicos, anunciándoles a las beatas que es la hora del rosario y a los niños que es la hora de volver a casa a la merienda. Sirven los zanates también para delatar a los taladores de árboles, como el famoso señor del aeropuerto que ordenó tirar aquellos enormes ficus, por el único pecado de sombrear a los trabajadores y hacer techo a los coches en el aeropuerto. Los zanates (chanates dicen en Hermosillo) también saben volar.

También estoy viendo volar a una avispa, a una mosca y a un mayate, que me dan vueltas muy cerca como queriendo decir que no solo los pájaros tienen la dicha del vuelo; los tres lo hacen en forma diferente que no voy a describir porque ya lo conoces.

Volar, volar y volar es un don particular de las aves y de otros bichos, insectos y hasta animales raros como los murciélagos… pero volar siempre fue un deseo intrínseco en la humanidad.

Vuelo con mi memoria a aquellos dibujos técnicos hechos por Leonardo Da Vinci cuando diseñó lo que pudo ser la primera máquina voladora, unos dibujos con una belleza inigualable, este hombre era capaz de crear belleza con cualquier trozo de línea, mucho más con todas aquellas figuras de geometría que combinados darían la posibilidad al hombre de lograr el sempiterno deseo de volar.

Viene también a mi memoria, al tiempo que doy un sorbo a mi café calientito servido en mi única taza matutina, la del conejo del zodiaco chino, y vuelo al recuerdo de aquella película que repetí una y diez veces, donde Juan Salvador, inicia un proceso de lucha y de cansancio, de querer y no poder, de sufrir y de gozar, por romper todas las reglas de las gaviotas, para lograr nuevas formas de volar y vencer las reglas de la resistencia y de la dinámica, para revolucionar el vuelo. Más y más, más fuerte, más rápido, hasta poner en juego y riesgo el poder de su cuerpo y de sus alas. Una experiencia donde la voluntad supera a las posibilidades del cuerpo y reta las leyes de la física; una experiencia donde se vive el viejo postulado de querer es poder. Que maravillosa historia la de Juan Salvador Gaviota, que bonito libro y que increíble realización cinematográfica.

En mi mente pasan escenas de vuelos, aves, pajarracos, insectos, papalotes, los hermanos Wright, frisbis, globos de cantoya y la de aquel globo rojo que llevaba en la punta de su hilo a un niño que iba volando conociendo el mundo y sus maravillas. Vinieron a mi cabeza escenas y vistas atropelladas, mi mente se convirtió en una especie de pantalla donde se proyectaba una de esas presentaciones multimedia que cambian de cuadro con una gran rapidez y un ritmo asimétrico. Y los hombres aprendieron a volar, a lanzarse al aire y sostenerse, pocos metros primero con los hermanos Wright a principios del siglo pasado, y vuelos más largos después como Lindbergh que con su “Espíritu de San Luis” cruzó el Atlántico en un mono motor.

Experimentos geniales para volar mastodontes, experimentos fracasados como el de Howard Hughs con su “Goose” de dieciséis motores, que al mando de él mismo solo se sostuvo en el aire unos cuantos minutos (por cierto, no dejes de ver la película de “The Aviator”). Y el hombre sigue volando y llega a la luna y triunfa y fracasa en conquistar los espacios más lejanos.

Volar, volar y volar

Vuelan los sueños y la imaginación, vuelan las ganas y los deseos, vuelan los sentimientos y las pasiones. Vuela el tiempo en un viaje sin retorno, vuelan los pensamientos. Los ángeles, los querubines, los arcángeles y los cupidos también vuelan. Vuelan las buenas y las malas noticias.

Volar, volar y volar. Qué maravilla. Pero, lo mejor de volar es aterrizar. Pellizcarse la piel y aterrizar, pisar el piso, poner los pies en la tierra, volver a la realidad, esa que no es ni buena ni mala, solo es eso lo real, lo que existe, y la realidad cada quien le da el color que más le guste. La realidad tiene dueño, es de quien vuela y aterriza. Es tuya y es mía. Lo dicho, como empecé, no he encontrado nada más bello que volar…empieza la mañana y empiezo a dudar ¿no será mejor aterrizar?

Conclusión: No se puede aterrizar si no se emprende el vuelo, por tanto, qué bello es volar para poder aterrizar y hacerlo bien para volver a emprender el vuelo. Es la vida, volar y aterrizar.

Por hoy fue todo. Muchas gracias. Hasta el próximo viernes.