Un réquiem para el tío mamón

El tío mamón era un viejillo ochenteño que se amachaba al alcohol, a las viejas antiestéticas, baratas y le pegaba durísimo a la hierba. Sus patios de recreo eran las cantinas y los billares. Ahí entregaba su vida con intensa pasión bailando al compás de la rocola con las más baratas suripantas, amenizando con los camaradas más alborotadores y peleoneros, ingiriendo cantidades industriales de licor y preñando el ambiente con todo tipo de injurias, maldiciones y juramentos.

Más de diez años pasó en prisión y sus mejores días, afirma, los pasó encerrado, lejos de la hipocresía social, ahí donde el ser humano se enfrenta a sí mismo a la auténtica realidad. El día que finalizó su pena, lo aseveran sus compañeros de celda, se negaba a salir diciendo que todavía no había pagado sus fechorías. Extrañaría las largas jornadas a la sombra de los fríos barrotes y de las peleas carcelarias.

Tuvo muchas, pero muchas, mujeres, pero de ninguna salió enamorado como para fundar un hogar, una familia y ser un hombre respetable. No se diga que, además, era un enemigo fatal del trabajo y de todo esfuerzo ordenado. Tenía un muy fuerte gusto para el desmadre y gozaba de una salud de roble. La vida la vivía como él quería: a todo tren. Se consideraba un genuino existencialista sartriano y poseía una rara tendencia hacia el estudio que si la hubiese desarrollado fuese un científico.

Cuando de madrugada salía de las cantinas de mala muerte, se orinaba en la vía pública y le gustaba mentarle la madre al que por la calle iba deambulando. Tenía preferencia por las piqueras más paupérrimas, las canciones más gachas, las bebidas más corrientes y las mujeres más feas, que ni los más borrachos más endurecidos las querían.

Cuando, por fin, cerró sus ojos para siempre, su cuerpo fue velado en su cantina preferida, al son de la tambora, de las mentadas y del strep tease porque así él lo dispuso en un extraño testamento. Quería morir, decía, ante la realidad del verdadero mundo y regido por la naturaleza humana. Ni jean paul Sartre lo hubiese imaginado mejor.

Las mujeres más baratas de la taberna y los más viciosos parroquianos, derramaron abundantísimas lágrimas mientras su cuerpo yacía boca arriba sobre una mesa, rodeado de las últimos tragos que pidió. Sólo el cantinero se mostraba un poco conspicuo pues la última ronda no la alcanzó a pagar.

Allá, afuera del antro de vicio, llovía a cántaros y una mujer de avanzada edad lloraba, ante la visión de aquel cadáver.

Esa mujer era su madre.

Descanse en paz el atormentado espíritu del tío mamón. Un réquiem para él, pues su figura refleja a la humanidad doliente, porque todos llevamos dentro, querámoslo o no, a un tío mamón.

Al final, se supo, el cantinero le perdonó la cuenta y se la cargó a otro pagano.