Jardín paz

Lejos del significado lexicológico de la acepción hogar, ésta denota el lugar o el domicilio donde vive y habita una familia. El vivir y habitar quiere decir a ese conjunto de personas reunidas bajo la protección de una finca donde nacen, se educan aquellos que se ligan con fuertes lazos de sangre y sentimentales.

Ahí se planea, se sueña, se forjan las personalidades y se cambia al mundo para bien o para mal. El hogar es esa zona porcionada compuesta por muchas partes: cocina, recámaras, sala, etc. Cada uno de estos lugares desempeña una importantísima función que trasciende sus ámbitos hacia la sociedad organizada.

En cada una de esas zonas se encuentran personas que también tienen un orden y una jerarquía. Sus relaciones entre sí son indudablemente la fuente de alegrías y fortaleza para todos sus integrantes. A esos hogares se les puede llamar, justamente, como hogares benditos. Lugares de refugio para el cuerpo y para el alma. Establecimientos de confort y de común prosperidad.

Sin embargo hay, también, hogares malditos donde priva el odio y la desesperación, sitios que provocan la desintegración del espíritu, la demencia, la enfermedad, la muerte y el inminente abandono de sus pobladores. Hogares proscritos por el vicio, la maldad, el oprobio y la soledad de quienes en ellos se encuentran atrapados. Es algo peor que una cárcel violenta.

Donde hijos y padres son fantasmas horrendos que recorren el sitio dando alaridos de dolor. Un dolor tan profundo y atroz que nos hace vislumbrar al infierno. Un lugar donde Dios se encuentra ausente. Ahí se forjan las peores calamidades humanas, de ahí emergen los habitantes de las cárceles, de los manicomios, de los centros de vicio, los matadores de hombres, los mercenarios de las guerras, los corruptos y un sinfín de seres humanos perniciosos.

Hogares semejantes a purgatorios terrenales atormentados por el frío de la soledad, de la angustia y la depresión. Son fuentes de todos aquellos males morales y síquicos. Todo el ambiente huele a muerte eterna, a infelicidad. Ahí rigen la carne, el mundo y satanás.

Sin embargo, existe un pequeño rincón alejado de la profano y de lo maldito. Ahí donde el alma se sosiega y se entrega a Dios, a la contemplación, al estudio, al trabajo y a la auto negación. Esa pequeña región no comprende ningún espacio ni tiempo alguno. No es ese jardín florido, perfumado y rococó.

Ese escondrijo no es otra cosa que tu corazón y tu mente moviéndose hacia afuera, hacia a los demás, a los otros. Amando y pensando en aquellos que necesitan de ti. Ahí se encuentra el verdadero jardín. Lejos, pero a la vez cerca, de tu hogar. Es ese salir de ti, el escaparse del hogar en busca, no de ti, sino de los que no son tú, de los demás.

Abre las puertas del jardín de tus nobles sentimientos y de tu aguda mente y deja entrar a los desvalidos para que les ofrezcas cariño y consejo.

No es tu destrozado hogar lo que importa sino ese pequeño rincón llamado Jardín Paz y su acogedora presencia.

Piensa y ama.