Aprendiendo a VivirGente PV

¡Viva México!

01Corría el año de 1855. En ese tiempo Acapulco no era más que un caserío somnoliento, indiferente a la belleza del paisaje. Un día de verano, el sol calcinaba, con usual eficacia, la costa de la tierra caliente. Era la hora del sopor de la siesta. La sabiduría de la naturaleza mantenía a  perros y aves silenciosos en la sombra y el ramaje.

Un indio solitario cruzó, con paso lento, el caserío. Su ropa raída denunciaba  la pobreza extrema y el semblante huraño le daba un extraño aire de tristeza. Con paso lento pero decidido se presentó en la casona que era el cuartel general de la revolución que encabezaba don Juan Álvarez contra la dictadura del General Santa Anna. Una de las revoluciones de aquel México, que no era más que una confusión de pueblos sin identidad nacional, que buscaba su destino.

El indio se presentó ante el coronel don Diego Álvarez, hijo del jefe revolucionario, hombre enérgico y de rápidos ademanes.

-¿Cómo se llama usted?-preguntó el coronel.

El indio pronuncio su nombre en tono tan quedo que el coronel no lo escuchó, cosa que, de todos modos, carecía de importancia para él, así que volvió a preguntar:

-¿Y qué desea usted?

Ahora la voz del indio se hizo clara y audible.

-Sabiendo que aquí se pelea por la libertad, vine a ver en qué puedo ser útil.

-¿Sabe usted leer y escribir?-volvió a preguntar el coronel.

-Si –dijo el indio, con el mismo aire imperturbable y sin dejar traslucir la más mínima emoción.

Finalmente presentaron al indio ante el jefe revolucionario y… aquí le damos la palabra al coronel:

“Ocioso es decir que estando nosotros desprovistos de ropa para el recién llegado, no sabemos qué hacer para remediar la ingente necesidad que sobre él pesaba; hubo de usar, pues, el vestuario de nuestros pobres soldados, esto es, algún calzón y cotón de manta, agregando un cobertor de la cama del señor mi padre y su refacción de botines, con lo que… se entonó admirablemente. Por lo demás, el señor mi padre, que tuvo gusto en recibir a un colaborador espontaneo en la lucha iniciada con Santa Anna, estaba en la misma perplejidad que yo, y al ofrecerse él a escribir en la secretaría, repitiendo que había venido a ver en qué podía ayudar aquí, donde se peleaba por la libertad, se le encomendaron algunas cartas de poca importancia, que contestaba, y con la mayor modestia las presentaba a la firma.”

Ocho días después llego un correo extraordinario. Entre la correspondencia venia un sobre principal rotulado: “Sr. Lic. Don Benito Juárez” y el humilde escribiente lo reclamó.

El coronel lo miro casi con espanto y por un momento estuvo a punto de perder la tiesta compostura.

-¡Pues qué! ¿Es usted licenciado?

-Sí señor-dijo el indio.

-¿Con que es usted  el que fue gobernador de Oaxaca?

-Sí señor.

-Pero, ¿por qué no me  había dicho eso?

-¿Para qué, señor? ¿Qué tiene eso de particular?

Este es Benito Juárez. Un hombre de carácter. Uno de los prohombres de la humanidad. (Anécdota tomada del libro, Un sitio en la cumbre  por: Félix cortés)

Su paso por la vida y su entrada en la historia no puede atribuirse al talento o a otras virtudes que han hecho grandes y brillantes a otros hombres, sino a su carácter y humildad.

Es y será un ejemplo de virtud, humildad y progreso.