La sociedad del yo

ABAJOMucho se dice, y se sigue diciendo, de las características de una sociedad dentro de una época determinada. Así, por ejemplo, se dijo, que la edad media fue una sociedad del oscurantismo, que el siglo XX fue la sociedad de las luces, la sociedad del conocimiento, en fin, etc. etc.

A pesar de que en siglo XX, efectivamente, ha habido un avance notorio en la tecnología; no lo ha sido igual en la ciencia, ni mucho menos en la filosofía ni en el arte. Nos encontramos atascados, inmovilizados, y cautivos en el mundo de la técnica imaginando que esa es la característica única de esta era.

No nos hemos percatado de que existe una grandísima peculiaridad en la sociedad del siglo XXI y que no tiene nada que ver con la tecnología. Nos referimos, desde luego, a la sociedad del yo dentro de la cual existe una tremenda exigencia hacia nosotros mismos, esto es, ya no se compite contra los demás sino contra uno mismo.

Esta situación crea un inmenso estrés por ser mejor, por perfeccionar nuestras capacidades más allá de los límites naturales, nos consideramos como un objeto de progreso continuo e infinito. El hombre del presente siglo se auto requiere, pone en un pedestal al ídolo del yo buscando de mil maneras su corrección y su proyección, no para competir con los demás, sino simplemente para mostrarse como el superior.

Hay una necesidad para ser reconocido, para ser admirado, por el simple hecho de serlo, más no para ser preferido a otros, pues ello implicaría una competencia con los demás. Ser por ser y ya. Ello nos conlleva a una enorme egolatría y desprecio hacia lo que el yo no soy.

Pero esto no se detiene ahí, pura y llanamente, sino que lleva la consecuencia de una feroz infelicidad porque el esfuerzo no se centra contra mi adversario sino contra mí mismo y el fracaso en la lucha obra contra mi yo, contra mi persona en sí misma. En ese estado yo soy mi propio enemigo vencido, humillado y frustrado.

Porque cuando peleo contra el otro y soy derrotado, todo el sentimiento negativo que produce la ruina, lo trasfiero a mi contrario, pero en este caso todo lo revierto contra mí mismo, sin posibilidad de salvación, pero lo peor, sin esperanza alguna.

Este es otra causa que viene  a engrosar la larga lista de la angustia existencial. La sociedad que pone en el altar al yo por la sencilla razón de ser, sufre infinitamente por esa acción al no haber transferencia de culpa. Por que quien se auto inculpa no tiene curación, esta, irrevocablemente, condenado.

Olvidemos al yo y dirijamos nuestra mirada hacia los demás. Alejémonos de la sociedad del yo porque no lleva a la autodestrucción. Salgamos de nosotros mismos, escapemos de nuestra oscura y terrible celda.