Ñaca, naca… la calaca

CALAVERAEl hombre siempre se ha sentido angustiado por el dejar de ser, por el seguir siendo, por el seguir viviendo; angustia por un dejar de ser así o de otra manera. El rico no quiere dejar de serlo, el feliz tampoco y así hasta el infinito.

Las dos guerras mundiales, la primera y la segunda, fueron motivo de una gran angustia existencial debido a esa gran matanza de seres humanos que se llevó a cabo por el mismo ser humano. Surgió una gran depresión, una abismal baja de la moral que llevó al hombre a desarrollar lo que después se llamaría el pensamiento existencialista.

Muchos fueron los filósofos que expusieron sus tesis sobre la existencial y la vida; pero fueron Sartre y Marcel los que más llamaron la atención al mundo. El primero sostuvo, siempre, el absurdo de la vida, mientras que el otro lo negó afirmando que la vida tenía una finalidad y que ésta era Dios, en llegar a Él.

Al parecer las ideas de Sartre han seguido influyendo en los hombres pues ante el absurdo de la vida crece la angustia, no la resuelve, y entonces se busca el alivio de dicha angustia en remedios meramente paliativos, que enmascaran la solución, tal y como lo podrían ser las terribles adicciones o la mera autoafirmación del yo, esto es, anteponiendo, ante todo, al hombre al que se cree que ha sustituido a Dios. Nietzsche tenía razón cuando dijo: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

Pero lo que más angustia al hombre no es otra cosa como la muerte, la extinción del ser biológico. Porque según el pensamiento de la contemporaneidad, el morir es el dejar de ser para siempre, el perderse en la nada y ello crispa los nervios hasta del más macho, hace castañear los dientes hasta del que se siente el más perro de todos.

Pero si seguimos el pensar de Marcel, se resuelve totalmente el problema de la angustia existencial pues el vivir tiene como última finalidad a Dios. El vivir no es absurdo porque todos los actos de tu vida van dirigidos a encontrarnos con la divinidad. Una comunidad de humanos a la que San Agustín llamaba “La Ciudad de Dios”.

En este carajo día dedicado a los muertos debemos de pensar, para poder vivir, en la muerte como algo inevitable e indispensable para llegar al Creador. Debemos de elegir entre Marcel o Sartre. En ser felices viviendo y muriendo o ser aniquilados por la vida y el morir.

Sea lo que sea, la vida es un pasar siendo así o asá teniendo, siempre a la vista, un destino, un lugar de llegada en donde simplemente seremos en toda su plenitud.