Piojo, liendre y buen fin

PIOJOPara imitar el “Viernes negro” de las grandes baratas en los almacenes, precisamente después del “Día de Gracias” y que en Estados Unidos arranca los festejos navideños, aquí se les ocurrió el horrible nombre de “El Buen Fin” que parece sacado de anuncio de alguna funeraria o cementerio catrín.

Allá es un solo día. Aquí fueron cuatro y todos con amontonamientos. Apareciendo, por primera vez, paleros o sinceros compradores que se fueron a dormir fuera de las tiendas, para ser los primeros en llegar a las grandes ofertas.

Allá le dicen “negro”, por los congestionamientos en el tránsito, algo que en México este año ya empezamos a ver. Pero también le dicen “negro” porque es fecha en que los comerciantes ponen sus números en negro; versión que parece, como dijera Manuel Lapuente: jalada de los pocos cabellos.

Aquí ya empezó a ser buen evento para el comercio formal. Dicen que las ventas llegaron en esta ocasión a los 160 mil millones de pesos. Y eso que no hay dinero. Y eso que 76 por ciento de la población no tiene con que lograr un buen fin, no digamos de la quincena sino del día con día.

Como tantas otras costumbres que nos han traído de Estados Unidos, ésta ya prendió. Al igual que el Día de la Madre, el entrañable “Jalogüin”, el beisbol, los detergentes, los automóviles, el arbolito de Navidad, Santa Claus de la Coca Cola, viajar en avión, etc. etc.

Lección para los brujos de la mercadotecnia: cómo algo con un nombre tan tétrico puede tener éxito multitudinario en pocos años. Un enigma, como ese de que el único entrenador exitoso de la Selección Nacional de México, se llame “Piojo”. La próxima vez que les pidan nombre para algún maravilloso detergente, de inmediato sugieran: Mugre.

Y algo curioso: hay gente que en lugar de ponerse contenta porque las ventas aumentaron en su país, después de las angustias por empeoramiento, se muestran envidiosas de los burócratas que pudieron comprar a puños y reflejan sus envidias diciendo que las ofertas no eran ofertas, que todos los demás son unos tarugos o tarugas y andan buscando cada prieto en el arroz, encontrado por la Procuraduría del Consumidor, para alegrarse de no haber tenido con qué salir a comprar feliz.

Maravilloso que todavía haya una cuarta parte de la población que pueda darse el gusto, la felicidad de comprar. Coraje da con quienes, con el dinero mal habido, se van de “shopping” a San Antonio o San Diego que “para que no extrañen a la maestra Elba Esther”. O como Herbert que se va a Las Vegas y Emilio González Márquez que va a gastar hasta Alemania, para que lo vean sus honestos colaboradores. Eso si es motivo de indignación, no de envidia. Pero ver a nuestra gente dándose el gusto de apantallar con sus pantallas, es de lo más edificante, para quien quiere a su gente.

Y ya pensé: surrealistas como somos, a las funerarias los mercadólogos les deberían poner: “El Reventón” o “Alegría final”. El absurdo no se inventó para nosotros.