Perdidos en la realidad

Hace ya muchos miles de años atrás, un viejito de nacionalidad griega llamado Aristóteles decía, y se sigue diciendo, que las cosas son inteligibles, se pueden entender, son para conocerse y su finalidad última es el provecho del hombre. Esto significa que todas las cosas, visibles e invisibles son problemáticas, esto es, no se pueden conocer en su totalidad, todo, absolutamente todo, representa un problema.

Por otro lado sabemos que existe una sola y única verdad y, además, que hay una imperiosa necesidad por conocerla pues haciéndolo satisfacemos muchas de nuestras necesidades. Para ese fin el hombre se ha valido de su instrumento principal que es el pensamiento y sus productos que no son otra cosa que herramientas llamadas: ciencias, filosofía, historia, teología, arte, etc.

A pesar de la razón y de sus instrumentos, el ser humano avanza con extraordinaria dificultad para conocer las cosas. Por lo que, el saber que hay sólo una verdad, que las cosas se pueden conocer, la necesidad irrefrenable por conocerlas y la impotencia que tenemos para conocerlas, nos ha provocado otra más de las causas de angustia vivencial.

El saber que hay una y solamente una verdad y el no poder acceder a ella, nos causa exasperación, arrebato, enardecimiento y esa gravísima angustia de la que ya hablaba el filósofo Kierkegaard. Esa angustia tiene su fundamento en el impulso irreprimible de conocer. Porque el conocer lleva implícito la verdad pues conocimiento verdadero es verdadero conocimiento.

Todo lo que actualmente conocemos de las cosas son meras aproximaciones de lo que verdaderamente son y entonces vivimos en una profunda crisis de ignorancia. Entonces hemos llegado a la feroz falacia de que a pesar de tantos años de esfuerzo por conocer, lo único seguro, el único conocimiento que tenemos es que no conocemos. De que hemos estudiado tanto como para el único objeto de llegar al convencimiento de que no sabemos.

El sufrimiento que se engendra es atroz y crudelísimo porque al pretender saber, lo único de lo que nos dimos cuenta es de nuestra incapacidad para conocer y de que la realidad permanece en la oscuridad frente a nuestros ojos. Existimos para vivir una vida de ciegos y de ignorantes. De seres que anhelan con altísima intensidad el conocer la verdad y cuya desgracia es estar condenados a no poseerla.

Por eso la serpiente le ofreció a Eva la manzana, que es el símbolo del conocimiento, a sabiendas que no podría resistir a tan aguda y engañosa tentación.

Por eso, digan lo que nos digan, seguimos siendo unos lastimeros ciegos perdidos en la realidad y gimiendo por una limosna de conocer. Quien proclame ser sabio es reo de la ignorancia; mas no de la mentira, porque para mentir se necesita conocer la verdad.