Vallarta hoy:

Poder y negocios

TURISMOUna breve sentencia me inspiró a escribir el presente artículo. A reflexionar sobre el acontecer cotidiano en un entorno de desigualdades socio-económicas, de poderes fácticos y soluciones que no llegan. En Puerto Vallarta, como en otros centros turísticos, en mayor o menor grado nos acontece el mismo mal.

La revista, a la cual le he tomado prestado el título del presente artículo, ofrece a sus lectores un interesante reportaje sobre economía política que resume en una frase: “Hay que cambiar la psicología del empresario para que produzca lo que el mercado demanda, o, mejor aún, que influya en lo que debe demandar el mercado”.

Se refiere el reportaje a empresas internacionales que producen productos de consumo que invierten miles de millones de dólares en investigación y que mediante otros miles de millones invertidos en publicidad influyen en “lo que debe demandar el mercado”.

Llevada la idea a la industria del turismo ¿por qué no se investiga con rigor técnico y científico sobre las motivaciones del viajero y se invierte lo necesario para “influir en lo que debe demandar el mercado?

A diferencia de otros campos de la economía donde las industrias no solo crean productos sino que con frecuencia son impelidas a crear mercados, tal pereciese que en la industria hotelera las cosas se manejan con dependencia pueril. Es la única industria donde los gobiernos no sólo promueven su mercado, sino que les acercan a los clientes.

Que se sepa no existe un Consejo Mexicano de Promoción del Vestido, o del calzado, o de cualquier otro bien de consumo masivo o popular. En cambio para el turismo, una industria que aporta al PIB cerca de un 9.0% existe una secretaría de Estado particular con presupuesto millonario y un ejército de burócratas al servicio de los empresarios del ramo.

Por otra parte, en lugar de canales de distribución, nacionales o internacionales, el turismo cuenta con una magnífica infra estructura de comercialización llamada “operadores de turismo”. Sólo que esta aceitada y eficiente maquinaria no es gratis. Junto con otros servicios a la industria le cuesta al país una tercera parte de la factura por servicios turísticos.

No sólo eso. El turismo, que debiera fomentar lealtad de los consumidores hacia sus propios productos, deja que esa lealtad se desvié hacia los intermediarios que los atraen. Intermediarios que además demandan costos al ente gubernamental que los subsidia para hacer el trabajo que deberían de hacer los industriales nacionales del turismo.

Esta situación producto de un modelo turístico obsoleto; a su vez consecuencia de la ausencia de una política turística de Estado, ha llevado a nuestro país a perder su soberanía sobre el turismo, pues son ellos, los poderosos entes operadores quienes dictan las condiciones económicas, ante la pasividad cómplice de autoridades y el conformismo de los empresarios de la industria.

Hace muchos años un empresario amigo mío, por coincidencia hotelero,  comentaba que el petróleo, supuesto creador de riquezas, no lo era tanto. “El petróleo no se come”, decía. “Un país rico en petróleo no necesariamente lo es en bienestar social”. El petróleo como el turismo es mucho de espejismo. Son unos pocos los que se benefician de ambos.

La riqueza de las naciones, dicen los economistas, la crean lo cientos de miles de pequeños empresarios. Aquellos que en conjunto fabrican las partes de las grandes industrias como la automotriz en los Estados Unidos, la textil en Inglaterra,  la de la moda en Italia… y  la del turismo en México.

En los países del primer mundo; aquellos pocos que están entre los primeros diez en materia de turismo, no existe una flamante Secretaría de Turismo como la hay en México. (Cargada de burócratas) No existe un CMPT que les arrime turistas a todos los destinos del país. Todos ellos manejan la promoción turística mediante un ente oficial dependiente de alguna otra secretaría de primer nivel, tal como la de economía. El ente oficial tiene como objeto el promocionar el país entero como destino. Las regiones, provincias o estados se encargan de promoverse de manera independiente y con sus propios medios. También lo hacen así las ciudades y los grandes centros turísticos. Los empresarios juegan un papel preponderante en el financiamiento de dichos entes promotores y desde luego de sus políticas y estrategias de promoción. Todo hacen menos estar pidiendo al gobierno federal o estatal: más promoción, más inversión, más fondos para infraestructura, más recursos para mantenimiento, más para esto y más para aquello.

Bajo el sistema de economía-política en que vivimos la competitividad se gana a pulso con el producto, con el conocimiento de los mercados y con las estrategias de mercadeo, jamás esperando que los gobiernos hagan el trabajo que a los industriales corresponde.

El éxito en cualquier actividad económica depende del eficaz manejo de tres condicionantes: producto, mercado y mercadeo. En el turismo depende del destino o centro turístico, del mercado a quien pueda ser atractivo y del vendedor. Si estando ubicados al lado del mayor mercado del mundo no tenemos éxito deberíamos cuestionar el producto y al vendedor.

En nuestro pequeño universo provinciano, reflejo de lo anterior es un Plan Estratégico para la ciudad  estancado con un malecón cuestionado; un muelle sin acabar y ya haciéndose obsoleto, un aeropuerto con una trampa en su interior, un transporte público vergonzoso y una ciudad urbanísticamente caótica, más allá de las zonas turísticas.

“Hay que cambiar la psicología del empresario para que produzca lo que el mercado demanda, o, mejor aún, que influya en lo que debe demandar el mercado”.

¿Por qué entonces somos dependientes de mercados inducidos fomentados por los grandes operadores de turismo extranjeros? ¿Por qué el país debe pagar tan alto precio por atraer turismo para el beneficio de unos cuantos?

En otras industrias las empresas invierten millonarias cifras en investigación. No se sabe que en el turismo se haga. Si el mal está ahí, a la vista de todos, como un cáncer maligno, ¿Por qué no investigar como extirparlo? ¿Por qué no se influye en lo que debe demandar el mercado?

Recordemos las palabras de un hombre del turismo: Lic. Miguel Torruco Marqués, secretario de Turismo del Distrito Federal:

“Ahora, no nos queda más que trabajar unidos e innovar el producto dándole mayor valor agregado, evitando tener cautivos a los turistas, una nueva modalidad de prisioneros de lujo del siglo XXI que por miopía y egoísmo no comparten con otros negocios afines al  sector para beneficiar a la población local y tropicalizar mejor la plaza.
“Una vez más lo seguiré repitiendo que serán las naciones que mejor preserven su medio ambiente y sobre todo conserven su identidad histórica, cultural y gastronómica,  los países que habrán de participar de manera  plena en la extraordinaria derrama económica del turismo en el futuro”.
“Recordando que Marketing Turístico es satisfacer las necesidades y expectativas del huésped,  no los caprichos del propietario del negocio”.

Otro aspecto del problema es que ni los políticos ni las cúpulas empresariales del turismo están conscientes de la gravedad de la situación. Si lo estuvieran ya hubieran demandado al gobierno federal la negociación de un tratado de comercio turístico o un adenda al actual Tratado de Libre Comercio de Norte América. (Al turismo se le sigue viendo como una actividad frívola).

Toda relación de comercio internacional exige reglas a respetarse por los socios comerciales. El turismo no es excepción ni debería serlo. La inversión extranjera es bienvenida siempre y cuando respete las leyes del país, su cultura, su idiosincrasia y tradiciones y opere con responsabilidad social. De lo contrario el precio que se paga es muy alto para la nación.

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El autor es analista turístico, presidente de la Asociación Mexicana de Expresidentes Empresariales de Puerto Vallarta y Bahía de Banderas A.C., expresidente de Canirac, exdirector de Hoteles Camino Real, miembro de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística y fundador del capítulo Puerto Vallarta de la Chaine des Rotisseurs.

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