Concluyen Avatares

El círculo del tiempo se cierra cada año. Estamos acostumbrados a verlo así, a sentir en lo más profundo de nuestro ser aquello que dejamos en el camino y no alcanzamos, recordar con tristeza a los que nos dejaron para nunca más volver; hombres y mujeres valiosos todos los que se fueron y los que aún disfrutan la vida que el todopoderoso nos encargó. Un periodo de amor, tristezas, avatares nos formaron y deformaron para continuar adelante. No puedo dejar de pensar en esos seres humanos que dedican su existencia para mejorar a la sociedad sin importarles la lejanía de la razón. Recorrimos un camino en una época vertiginosa, intensa y deshumanizada, aquí estamos.

El mundo nos presenta dos rostros, uno luminoso más sano, el otro está enfermo sin vida, casi en la agonía; 842 millones de personas en él  sufren hambre, según leo en reporte de la FAO en octubre de este año que agoniza. Celebro que aún existan acciones desinteresadas por personas que viajan kilómetros para responder a este llamado de ayuda, dejan atrás sus hogares y vidas privilegiadas, el amor los mueve su humanidad no los abandona en momentos de zozobra y de injusticia. Famosos, célebres, líderes espirituales o simples personajes anónimos, todos ellos trascienden en los corazones de aquellos frágiles seres que creemos ajenos a nuestra realidad.

El sentimiento de paz y esperanza no es el mismo para todos, se puede leer en los diarios nacionales e internacionales, escuchar la radio o verlo en cientos de imágenes; ahí están los ausentes, los olvidados sus rostros pálidos se desvanecen con el tiempo en la memoria de la sociedad. Entre paredes enmohecidas viven los condenados al mayor suplicio concebido por el hombre, la soledad. El destino les hizo una mala jugada, los engañó y perdieron lo más valioso, “La Libertad”. En contra parte, en la Alameda Central encontramos al errante recostado sobre el suelo frío, pasamos de largo; dejamos de ver al niño sano y feliz que alguna vez fue. En una casa hogar se escuchan villancicos, provienen de las voces angelicales de los niños desprovistos, inocentes; esperanzados le cantan con fervor al Niño Jesús. Oran por el enfermo, por el desvalido,  piden al Eterno misericordia divina para el que erró en el camino.

Dios está presente en los corazones de todos nosotros, fuimos bendecidos con el don de saber perdonar, de ayudar al prójimo. En cada instante de nuestra existencia se nos permite reivindicar nuestro destino, todo tiene un inicio y un fin, perdemos días atesorando bienes superfluos; cuando la muerte llega nada nos llevamos “el peón y el rey al final van a la misma caja”, diría un gran ser humano y amigo. Las reflexiones sobre lo que fue y será el futuro llegan en cascada, qué dejamos de hacer o ser. Cada año recordamos el nacimiento del  niño de Belén como evento único para la humanidad, hace dos mil años el mensaje fue difundido “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia” (Lucas, 2:14).