Querida Violeta Parra:

Un rostro como el tuyo es difícil de olvidar, tan apacible, inexpresivo, de piel canela y sonrisa entrecortada, tu bella voz nos regaló lo más glorioso del Folclore chileno, tus manos, la herencia viva de tu pueblo. Originaria de una ciudad indefinida –dicen por ahí-, naciste en una cuna silvestre y de música vernácula, que bellos tuvieron ser tus años de infancia, 10 años tenías apenas cuando tus dedos rozaron las cuerdas de una guitarra, entonces, nació la verdadera Violeta Parra.

 

Mujer multifacética, cantautora, poeta, pintora, escultora, bordadora y ceramista;  amante de la historia de tu gente, marchaste y recorriste montañas, campos, ciudades, calles y patios hasta los escondrijos de Chile los conociste, buscaste voces, encontraste historias, nada te detuvo ni la misma enfermedad que te postró en una cama dejó inerte tu creatividad,  superaste el delirio de tu estado de ánimo y de salud, pintaste, esculpiste y bordaste sin cesar nada mal hecho ni al azar inspirada en el amor, el dolor, el hambre de sonreír constantemente por tu ser exterior. Primera hispanoamericana en exponer en el museo de Louvre, Francia; el público de la Unión Soviética, Finlandia, Italia, Argentina, Bolivia se llenaron los ojos y el alma con tu arte, tu música, tu hablar. El idioma jamás fue un impedimento para que transmitieras un sentimiento o un ideal.

 

Viajera a ultranza, acompañada por tus afectos, hermanos, hijos y nieta. Tus escenarios cambiaban constantemente subías y bajabas de trenes, aviones y autobuses; viviste entre circenses, poetas, campesinos y artistas de todos los rincones del mundo. Fuiste amada por todos los que te escucharon, hoy admirada por los que seguimos andando por el camino de la vida. Autora de un sinfín de hermosas letras y tonadas, musicalmente catalogada en el género folclore chileno, canción de autor, canción protesta, te mostraste como quisiste secretamente celosa. El poeta Pablo Neruda conoció a la verdadera Violeta del Carmen Parra Sandoval, quién mejor para convertir tu esencia en poesía:

 

Te alabo, amiga mía, compañera:
de cuerda en cuerda llegas
al firme firmamento,
y, nocturna, en el cielo, tu fulgor
es la constelación de una guitarra.

De cantar a lo humano y lo divino,
voluntariosa, hiciste tu silencio
sin otra enfermedad que la tristeza.

 

La Reina, así se llama el lugar donde te arrancaste la vida y abandonaste el último suspiro para no volver nosotros a escuchar en vivo tu dulce voz, fue un 5 de febrero del 67 cuando no dijiste “Adiós”. La melancolía tan singular que le imprimías a cada una de tus interpretaciones se extraña pero no se olvida. Varios fueron los episodios de profunda tristeza que taladraron tu espíritu enajenador, qué tan ensordecedores fueron los murmullos de las voces que envenenaron tu corazón y nos privaron de tu presencia. ¡Sólo Dios sabe con qué demonios combatimos en la inmensidad de nuestro existir! No pretendo ser juez ni verdugo, la razón de mi carta va más allá por describir a la famosa artista, existió una mujer, una hija, una madre una poeta con su lira, bien lo escribiste en una de tus últimas composiciones “Gracias a la vida”, una celebración a la palabra misma y quizás una despedida.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano,
Cuando miro al bueno tan lejos del malo,
Cuando miro al fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto,
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto.