La verdad ¿dónde quedó?

La noche del 23 de marzo de 1994 recibí una llamada con voz de alarma de doña Santitos, la recepcionista de mi negocio, para avisarme que habían balaceado al Lic. Colosio. Encendí la televisión y la situación era caótica en las afueras del Hospital General de Tijuana.

 

A la espera de noticias, seguí como millones de mexicanos cada minuto con incertidumbre y temor. La presencia del EZLN en el sureste ya había convulsionado al país y al mundo entero y ahora este suceso en el norte, volvía a poner a México de cabeza.

Luis Donaldo Colosio había ingresado a las 17:20 horas del Pacífico (19:20 horas en Vallarta) en estado inconsciente y con dos impactos de bala: uno en el estómago y otro en la cabeza.

El equipo que lo atendió incluyó un total de 18 médicos. De todos ellos destacaba una doctora que venía desde California a petición de los licenciados Carlos Bustamante y Alejandro de la Vega, responsables del comité de finanzas de la campaña de Colosio.

Era Patricia Aubanel, una cardióloga originaria de Tijuana y entonces residente en San Diego, que había salvado a la Madre Teresa y ostentaba ser la primera extranjera entrenada para atender a líderes en angioplastia avanzada y alumna del Dr. Richard Schatz, inventor del stent malla de metal, que vino a revolucionar el manejo de la insuficiencia coronaria, arreglar válvulas del corazón, destapar arterias.

A las 10:47 de la noche hora central, Liébano Saénz, vocero de la campaña, hizo oficial el desafortunado fallecimiento. De pronto un reportero siguió a las afueras del estacionamiento a la Dra. Aubanel, quien apresuradamente se subía a su auto, un gran sedán negro.

El reportero le inquirió ¿qué pasó? No recuerdo textualmente sus palabras, aunque sí su atribulado rostro y su comentario: fueron dos los impactos de bala de calibre diferente, uno en el estómago que no resultó de gravedad y el del cráneo que fue mortal.

Súbitamente ingresó a su auto y se fue. Jamás se volvió a tocar el  comentario de la afamada doctora. Es definitivo que ella no es forense y pudo haber cometido un error de apreciación.

No obstante, el empecinamiento por dar vida a la teoría del asesino solitario de una manera tan contundente cambió el rumbo de la historia de este país.

Ya me había tocado escuchar al prestigiado forense Mario Rivas Souza referirse a la  muerte del Cardenal Posadas, un año antes de la de Colosio.

Dijo  con toda claridad  que había sido un disparo a quemarropa, a menos de 50 centímetros; él había desvestido al cardenal y sabía con claridad dónde tenía los balazos.  Por orden del presidente Salinas la autopsia nunca fue practicada al cardenal -quien había sido ordenado obispo casualmente también en Tijuana-.

En entrevista en El Informador, el forense años después declaró: “luego tuve yo dificultades con personas de México, de la Procuraduría General de la República, porque ellos decían que las heridas de proyectil de arma de fuego se las habían dado por a espalada”. Así quedó sepultada la teoría de asesinato intencional.

A 20 años de la muerte de Colosio y casi 21 de la del Cardenal, México sigue marcado por una verdad oculta que no acaba por salir. Los tiempos han cambiado, y estoy convencida que la presencia de las redes sociales de hoy, habrían arrojado datos  indelebles en esos dos crímenes de Estado que siguen siendo una herida profunda para el país. La verdad verá algún día la luz pública.

¿Usted qué opina?