Ámame y déjame

Me gustan los amores callejeros, de esos de lúgubres cantinas, que te esperan bajo la luz del farol de la esquina, de los que se acercan a tu coche, de un rato, de los que se venden por una noche, de los que rifan en los palenques, de pasada, amores con rostros pintarrajeados y de perfumes baratos.

 

Que se venden al que va llegando, que no exigen, que no  reivindican la posesión de tu corazón ni de tus bienes. Porque detesto los amoríos burgueses, de frac y vestido blanco con olor a incienso porque esclavizan tu vida, encadenan tus mentes y tus cuerpos. Destruyen tu libertad.

So pretexto de ser maduro, de sentar cabeza, de pensar en serio, de fundar una familia, de tener una compañera; disuelven tu hombría, tu masculinidad y te sumergen en el más hondo abismo de la anemia espiritual, te despojan de tu reciedumbre, del arrojo.

Porque haces tu vida en las cosas, tomando en cuenta que todas las cosas son efímeras, son de paso, destellos deslumbrantes de un millonésimo instante. Porque esa es su naturaleza y todo en ti es pasajero, nada permanece, ni siquiera en el recuerdo. Porque esa es tu vida, el ir pasando sin detenerte jamás. El avanzar te vigoriza.

El  parar te debilita y por eso los amores, como las cosas, son fugaces, pretender aprehenderlos para toda una vida devasta tu personalidad y enerva tu alma porque se apoderan, como quimeras, de tu sangre vital y secan tu corazón. El ser humano está hecho para la lucha, para el combate cotidiano y la espada del enemigo te hace más y más fuerte.

Todos los leones tienen sus abrevaderos, oasis de un momento para, luego, de inmediato, reiniciar el acometimiento. Y esos abrevaderos son los amores de un rato, te sirven para reponer fuerzas y reanudar la riña con mayor fortaleza. Tu espada tienes que limpiarla con la sangre de tus enemigos.

Sin enemigos no hay perfección. Si no los tienes, búscalos con afán y disputa con ellos. Eso te agiganta. Por eso son los amores de pasada, como los abrevaderos para los leones. Calman tu sed para seguir tu camino.

Por eso ama y deja, que no deje huella.