En el umbral de la muerte

Hace unos días, conocí a una vallartense de edad arriba de los setenta. Nunca establecí diálogo alguno con ella; sólo estuve a su lado en el umbral de la muerte. Los médicos que la vieron la habían dado de alta unos días antes explicando a la familia que en un lapso no mayor a setenta y dos horas, se incorporaría al ciclo de los nutrientes; tal cual dicen los vallartenses antiguos, en un santiamén entregaría el equipo, tomaría un tren sin boleto de regreso, colgaría los tenis, migraría a las piscas, chuparía cigarros faros, congregaría a sus más files allegados a tomar café con alcohol y se presentaría a ser juzgada por su creador.

 

Morir es natural; sólo los gentiles igual que yo, hemos desafiado el paso del tiempo por varios cientos de años. Pero no eso, la oscilación entre lo animado e inanimado, lo que hoy me motiva a escribir sobre este tema; más bien son las visiones que aquella mujer compartió conmigo y sus allegados antes de que el pulso de la vida cesara un regular metabolismo. En su devaneo, recorrió lapsos claves de su vida y penetró más allá de su propia existencia. Postrada en cama, la mujer narró con los ojos cerrados, con vox clara y firme, por orden cronológico pasajes completos de su vida. […] ahora estoy saliendo de la regadera y voy a vestirme; lo bueno es que ya dejé el desayuno adelantado; sólo tengo que hacer la cama y secar el baño antes de salir; ¡Emerita!, se te hace tarde hija, ¿qué estás esperando para salir a desayunar? […].

 

Tal cuál un procesador automático procede cuando correr una programa, la mujer describió actividades que ocuparon su atención en diversas etapas de su vida. Ahora toma el camión, baja en una esquina consabida, camina unas cuadras, abre el salón de clases, ordena sus instrumentos didácticos, recibe a una turba de niños y comienza a impartir, con coherencia inaudita, el tema de geografía. Luego regresa a las circunstancias que la llevaron a estudiar la normal, venir a Vallarta, involucrase en el magisterio, los paseos por las amapas, la fiesta de navidad y el rompimiento con su único y más anhelado amor cuando le quebró el corazón y partió el alma porque lo descubrió enredado con otra. Para mí fue un tanto dramático cuando la mujer en su narrativa llegó al final del camino de la vida, cuando se anticipó con al menos 24 horas a lo que vendría en el momento aciago de dejar este Puerto de Vallarta para dar un salto hacia una dimensión distante.

 

[…] Emerita, hija, es hora de mi partida, están en la puerta dos personajes impresionantes, ambos desnudos, son muy apuestos, el tiene pelo cobrizo rizado claro, ojos garzos, ella es de pelo negro azabache, sus ojos son negros; ambos son afables; afuera, en la calle, hay un carruaje similar a los que usaba la realeza del siglo XVIII, tirados por tres pares de corceles, hembras y machos, de color negro y blanco; parecen muy inquietos, el cochero tiene problemas en gobernarlos; intento ver el rostro del cochero pero me esquiva. No tengo miedo; sé que desarrollé con dignidad el rol que me fue asignado; sé que tú estarás bien porque eres fuerte igual que una parota […].

 

No creo en la reencarnación, en el más allá, en otra vida después de la vida, la persistencia sempiterna del espíritu, ángeles, demonios, fantasmas, duendes ni entes similares. Pero me pregunto, ¿cómo tejió en su mente esta mujer una trama tan compleja y coherente estando en estado de inconciencia? La antropología dice que los seres humanos son dados a imaginar, soñar o incluso ver, escenas, personajes o entes espirituales que previamente fueron inculcados en la memoria humana a través del desarrollo cultural de cada individuo. Dicho de otra forma, si existiera alguien cuyo pensamiento nunca fue contaminado con la creencia de que existen seres intangibles formidables, esa persona sería incapaz detener visiones más allá del reino de lo real.

 

Para muestra, otro botón; los Wixaritari del Norte de Jalisco y Nayarit, pueden describir con lujo de detalles en estado de trance inducido, cómo el alma de un difunto recorre los cinco rumbos del mundo y cómo ese ente intangible es juzgado en cada uno de los puntos cardinales por las deidades que gobiernan en cada región. Tales narrativas las escuchan todos Wixaritari desde la infancia y un niño sin ninguna clase de estimulante psicotrópico puede narrar con bastante similitud lo que los mara’akate ayudados por el peyote. El contraste ocurre cuando un Wixarika no es formado culturalmente. Conozco a una chica hija de padres Wixaritari, hoy de escasos 16 años de edad, nacida en Puerto Vallarta; ella jamás pude imaginar ni describir los mismo que las chicas de su edad que nacieron y crecieron en la Sierra.

 

Las visiones de la mujer que me consta así ocurrieron, contradice mi propia forma de ver dentro del reino de lo espiritual y de la vida después de la vida. Usted, ¿qué piensa? Escríbame. Prometo contestar y hacer pública su opinión si así me lo permite.