El acoso que hoy nombran bullying

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@Hueymichin

 

El bullying –del inglés, Bull, toro, en alusión a la superioridad que despliega un agresor– es una combinación de acoso sistemático, maltrato físico, burla, escarnio y violencia diatriba reiterada que ejerce uno o más muchachos en contra de otro.

 

La agresión está fincada en algún tipo de envidia, rencor o tan sólo sucede por el simple hecho de hacer sentir superior e importante al agresor ante el grupo de amigos que lo solapa, o incluso instiga a ejercer acciones de maltrato. Tuvo que ser el psicólogo noruego Dan Olweus quién llamara la atención sobre este tema con su libro, Agresión en las Escuelas: Los bullyies y niños agresivos,publicado en 1973 en Suecia y en los Estados Unidos en 1978.  Según el libro, esta forma de violencia ocurre entre muchachos en escuelas que equivalen a primaria y secundaria del sistema mexicano.

 

Pero esta forma de agresión, me consta, no ocurre exclusivamente en las escuelas elementales ni se limita a personas en edad escolar juvenil. Ha sucedido desde épocas antiguas y se sigue presentando en todos los ámbitos de la vida social en toda clase de edades –adultos jóvenes, personas maduras y ancianos–.

 

Desde luego que algún lector podrá argumentar y con justa razón, que el concepto de bullying fue diseñado y tipifica esta forma de agresión en adolescentes y niños dentro de escuelas. No discutiré eso porque lo cierto es que así es. El concepto así fue diseñado y se ha popularizado a nivel nacional e internacional para referirse al maltrato que ocurre en escolares de edad temprana. Pero déjeme describir un par de ejemplos externos al contexto del concepto per se. Ya decidirá usted si es o no, un tipo de bullying.

 

Bullying entre jóvenes.

Un amigo vallartense estudió la licenciatura en una escuela militarizada asentada en las cercanías del Desierto de los Leones en las proximidades de la Ciudad de México. Mi amigo da hoy testimonio de que, cuando ingresa una nueva generación a la escuela, igual que ocurría en la facultad de medicina de la Universidad de Guadalajara, cadetes y estudiantes de grados superiores pelan a rapa a los nuevos, los hacen andar desnudos en lugares abiertos al público, humillan e insultan a gritos, hacen ingerir alimentos en estado de descomposición y bañan muy temprano con agua fría en fuentes y espacios abiertos –y estas son apenas una muestra de muchas y muy variadas formas de agresión–.

 

Peor aún, en la escuela militarizada en donde estuvo confinado mi amigo vallartense, cada estudiante de un grado avanzado selecciona a uno de reciente ingreso y lo nombra en público mi vieja, mi mujer; lo mantiene como su esclavo hasta que ingresa una nueva generación.

 

El esclavo tiene la obligación de mantener la cama tendida de su amo, proveerle ropa limpia, planchada y estar atento desde una distancia prudente para servirle en todo lo que se le ofrezca. Si el esclavo se revela y no cumple la más mínima indicación, será objeto de sanciones muy fuertes con el apoyo de otros estudiantes que incluye golpes, restricciones de alimento y exclusión de grupos de diversión. Debo agregar que en esta forma de esclavismo se dan abusos sexuales.

 

Hasta en adultos mayores.

Otro caso es el de un vallartense de la tercera edad que acaba de fallecer. Este que también era mi amigo, era un hombre viudo. A sus 76 años de edad conoció a una mujer también viuda de aproximadamente la mitad de edad que él. Tuvieron una relación de amistad y colaboración estrecha por varios años. Luego, él le propuso matrimonio y ella aceptó. Cuando estaban planeando la boda, en secreto de los hijos, él tuvo un malestar que lo llevó al seguro social. En el hospital fue intervenido quirúrgicamente por un problema mínimo del que fue dado de alta para que se restableciera en casa.

 

En una ocasión, cuando él hablaba por teléfono con su prometida, uno de los hijos descubrió que estaba planeando casarse. De ahí en adelante los hijos lo mantuvieron encerrado, no dejaron que viera a la amiga, no permitieron el acceso ni la comunicación con personas ajenas a ellos y lo trataron peor que si fuera un retrasado mental.

 

Una vez me permitieron acceso con él bajo la advertencia de […] puede pasar y platicar con él pero no se le ocurra fungir de alcahuete de mi padre con esa mujer con la que quiere casarse; él es un anciano que ya no sabe lo que hace; nosotros debemos velar por su seguridad […]. A los pocos días de aquel encierro, mi amigo cayó en un estado delicado de salud; contrajo una infección urinaria por exceso de medicamentos que lo llevó a la muerte. Lo cierto es que detrás del aparente cuidado familiar, estaba el interés de los hijos por los bienes que el señor había acumulado. Los hijos intuyeron que si mi amigo se casaba, perderían parte substancial de la herencia.

 

Conozco además casos de esclavismo sexual que han ocurrido y están sucediendo aquí y ahora en el ámbito de hogares vallartenses, perpetuados en contra de niñas de ocho a nueve años que se prolonga hasta que ellas se emancipan escapando del hogar para ir a caer a otro infierno peor, que es el del esposo. Pero eso lo describiré en otra entrega.

 

Pasando a otro asunto muy distinto, hace unos días tuve una excelente conversación con Luis Murillo y su señora esposa, ella del Refugio de Xilosuchitlán. Prometí escribirles y enviarles unos documentos por correo electrónico, pero la dirección que tengo, luismurillo3@yahoo.com.mx, según la Internet, despliega un error fatal; ahí les encargo que me escriban para contactarlos.