No más celular, me dije

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@Hueymichin

Una vez me sentí triste e intenté encontrar contigo el remedio para curar mi alma. Una vez me sentí eufórico, con gran alegría y quise compartir contigo el entusiasmo que dominaba mi ser. Una vez me sentí sin ánimos de vivir e intenté encontrar en la profundidad del abismo de tu mirada, una respuesta a mi apatía por la vida. Una vez quise tenerte a mi lado porque me sentía desahuciado, maltrecho y ajado en lo más y elemental de mi sistema de sobrevivencia basal. Una vez realicé una hazaña digna de un héroe de película de Hollywood y esa hazaña que me llenó de orgullo, quise compartirla contigo.

Una vez me conmovió el canto de un jilguero posado sobre una parota en plena avenida Francisco Villa; el vuelo rasante de un pelícano en la playa de los muertos; la silueta de un pez gallo al doblar una ola; el canto de las chicharras que llaman con insistencia la lluvia en el principio de este mes de junio; el suave rumor del arroyo al acariciar con suavidad las piedras cuando desciende al lado del River Café con las primeras tormentas de mayo; el aroma y color de los pescados zarandeado en la playa Boca de Tomates; el andar parsimonioso de los turistas desafiando el acoso de los vendedores de diversión, a lo largo del malecón; el tañer de las campanas del templo de Guadalupe convocando al rosario ocho; la grácil silueta de una estilista dejando caer como cascadas de oro, el pelo de una clienta europea; la fragancia de los cocos locos del restaurante de los pescadores del Rosita; la imprudencia de los camioneros abalanzándose sobre indefensos turistas cuando intentaban cruzar la calle Juárez; el viento fresco desplazándose tierra adentro como flecha por los márgenes del río Cuale; el cielo raso de color azul profundo visto desde Malecón, rivalizando con el color chillante de la blusa de una puta que mostraba los pechos descaradamente a un turista.

Una vez tuve una pesadilla; me perseguía por la playa, muy cerca del restaurante Barracuda, una mujer desnuda; yo, deliberadamente corría lento para que aquella mujer me alcanzara; cuando lo hizo, me derribó sobre la arena pero no eras tú; su aliento era fétido, parecido al olor de los tambos de basura de El Pitillal. Una vez, simplemente, atisbando la Bahía de Banderas desde el restaurante las Carmelitas quise compartir contigo la paz que me producía mirar una mar teñida de oro y plata y las palmeras de coquito de aceite con sus hojas siempre verdes merecidas con suavidad por el viento. Una vez quise contar todos y cada uno de los lunares de tu cuerpo, medir el largo de tus pestañas, la velocidad con que se cierra el iris de tus ojos cuando los zahiere la luz de la mañana, poseerte como desquiciado hasta el agotamiento extremo y velar tu sueño mientras escuchaba el preciso y menudo latir tu corazón. Una vez, sin motivo alguno, quise palpar tu mano y dejar que me quitaran el aliento tus cabellos negros sobre mi rostro.

Esas y otras minucias, una vez, quise compartir contigo. Pero siempre fuiste esquiva conmigo. Preferiste disfrutar el mundo a tu manera. Preferiste surfear mares de gentes en todos y cada uno de los antros de la Zona Pomántica de Vallarta. Tus palabras fueron, ahora no puedo, estoy ocupada. Por ese motivo, cambié el néctar de tus besos por el sabor dulce de la leche de señorita Liebfraumilch Rheinhessen; con ese sabor en mi boca regresé con mi mater natura. Me escondí en la cresta de las olas del mar de Bucerías; en los bosques de niebla y palmares de coquito en las barrancas de Chimo; en las aguas cristalinas del Río de los Horcones; en la sombra de los Guamúchiles, capomos y arrayanes del Río Mascota, allá por Las Vegas. No más celular, me dije; y así, me concentré en iluminar mi camino en las noches cálido húmedas de Ipala con la pálida luz de Venus.