El show de las noticias

En la abnegada y larga vida del periodismo, puede citarse más de una oportunidad en que la labor de un simple corresponsal, o varios, o una profunda investigación periodística, una denuncia oportuna, una columna esclarecedora, logran echar luz sobre acontecimientos oscuros, o por lo menos brumosos. Esto es aplaudible y recomendable para cualquier medio de comunicación o periodista que se precie de tal.

Pero la pregunta que debemos hacernos es: ¿Desde qué lugar escribe, muestra o edita el periodista? ¿Desde el suyo propio?, ¿desde el medio que lo cobija y le da lugar?, ¿desde un discurso político empresarial? ¿Desde la plataforma de un banco que paga la publicidad de la cadena en la que trabaja? ¿Desde los altos mandos del poder gubernamental o eclesiástico? ¿O de ninguno de ellos o de todos a la vez?

Envueltos en una trifulca de monumentales proporciones, digna de la más alocada de las historias de ficción o drama de documentales. Se mueven, estrujan y empujan, el mensaje, el medio, el periodista.

¿Quién es el mensaje?, ¿quién lo promueve?, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿dónde? y ¿cuándo?, estas son las preguntas básicas que cualquier periodista o medio debe contestar, aunque la respuesta no nos guste. Luego publicamos, difundimos, propagamos la información, marcamos agenda y establecemos el debate social. ¿Qué garantías tenemos de que ese debate sea limpio, sin tendencias o maquillajes solapados? Tal vez ninguna o tal vez todas.

Buscar, deducir, entender, pensar y comprender es una tarea diaria como seres organizados en una sociedad moderna. Después comparamos, analizamos, elegimos y exigimos. No solo hay que demandar respuestas gubernamentales, también hay que pedir explicaciones y transparencia a los medios que difunden el mensaje, y a aquellos que lo confeccionan. La mentira, como dice el dicho popular, tiene patas cortas. Pero tiene muchas, ¡muchas!, ¡muchísimas! Patas.