Yo x Yo

Las obsesiones rodean nuestras vidas, las propias y las ajenas, normalmente usamos esa palabra para definir una conducta nociva, fuera de lugar, habitualmente repetitiva y tediosa. Ponemos atención en algo o alguien, y luego lenta, pero insistentemente, nuestra atención va cobrando vida, esperamos algo, lo buscamos, lo encontramos y seguimos presionando, por que aquello que estaba fuera de nosotros, ahora está dentro nuestro. Forma parte de una psiquis alterada, extraña, tal vez confusa y todo, absolutamente todo, se agiganta. Nada tiene sentido sin aquello que perseguimos y asfixiamos, porque nunca lo tuvo, porque desde un principio no encontramos sentido a nada, y el vacío de la aburrida inercia cotidiana nos sofocaba y acostumbrados a no respirar, hacemos todo lo posible para que el otro no respire, para que aquello que perseguimos se agote, para agotarnos a nosotros.

 

La obsesión es la falta absoluta de calma, y nace casi exclusivamente en la extenuante y profunda fijación en nosotros mismos, nada importa más que el yo, nada tengo sin el yo, nada somos sin el yo. Y ese yo absoluto y vacío, nos destruye por completo.

 

Se transforma en una idea fija que no podemos abandonar, que parece tener vida propia y que transita independiente de nuestro ser consiente. Pero que a la larga se alimenta también de él. El Yo vive del Yo. Se lo traga, pero no del todo, debe dejar un hilo de vida para subsistir como un parásito, como un gusano. Horas y días y años y vidas enteras dedicadas a sostener y alimentar el parásito del Yo.

 

Sin un grado de auto conservación, la vida sería inviable, no podríamos cuidarnos a nosotros mismos ni a otros, no sabríamos distinguir lo bueno de aquello que puede ser peligroso. Y estaríamos a la deriva de cualquier circunstancia que atente contra la supervivencia misma. Pero la estupidez absoluta de fijar nuestra atención en el ombligo propio, nos ha traído varias, viejas y continuas desventuras, males, abandonos, hambre, dolor, violencia, guerras etcétera.

 

Sumidos en una contradicción sin sentido, nos vemos envueltos en tratar de explicar cómo mantenemos conductas destructivas que causan nuestro propio exterminio como seres individuales y como seres sociales. El Yo exige tanto nivel de atención, que todo lo que nos rodea debemos convertirlo en algo personal. Si hablamos de vejes, es nuestro envejecimiento, por tanto lo estético prima en detrimento de lo saludable que es lo más lógico. Si hablamos de placer, también es personal, por tanto el otro no cuenta, y la satisfacción de aquello o esto debe ser inmediata, efímera y pasajera, para poder renovarla lo más rápido posible. De esta forma ensamblamos una serie de conductas nocivas y contradictorias que se interponen a la racional idea de existir y terminamos sobreviviendo.

 

Sin embargo, a veces en medio de tanta confusión, surge un pensamiento, un pensamiento simple, demoledor, que puede traernos miedo, pues no estamos acostumbrados a el, pero si lo dejamos surgir, cobra importancia y se hace fuerte. Ese pensamiento viene precedido de un hecho poco común en nosotros, pero que debemos cultivar. El Silencio.