Planeta Maravilloso

 

Nutrición, dieta, dietética, nutrientes, obesidad, anorexia, bulimia, consumo, azúcares, grasas, harinas, etcétera, etcétera… Personalmente llega un punto en que no se entiende de qué estamos hablando cuando estamos hablando de nutrición, el esfuerzo permanente de un mercado de alimentos obsesionado por el doble discurso del “come sano” pero “come hamburguesas”. Se perfecta y flaca, pero toma refresco de dieta, no seas obeso pero trágate todo el azúcar posible de cualquier ensalada de Mc Donalds.

 

Salud es belleza, y al mismo tiempo bombardean con una modelo ultra delgada que está muy por debajo de su peso ideal. No te extralimites en tu alimentación y al mismo tiempo promueven hasta el hartazgo el modelo masculino hogareño tipo Homero Simpson. El tabaco es nocivo para la salud, te lo dice un vaquero montando un hermoso semental corriendo las laderas del cañón del colorado. Esto es la felicidad, te lo dice Coca Cola destapando un refresco en familia, mismo refresco que no te nutre y destruye el páncreas, el único órgano irremplazable del cuerpo humano.

 

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de nutrición, de alimentos? ¿Cómo afrontarla sin caer en el doble discurso de la mercadotecnia de los alimentos, de la moda y el diseño y del ciudadano ejemplar? Saberlo es la tarea que nos mantiene bien nutridos, estéticamente saludables y políticamente irreverentes.

 

Por tanto, la alimentación está intrínsecamente ligada a la cultura, historia y costumbres de cada región. A la organización política de los pueblos, de la gente. Y por sobretodo a la cosmovisión que se tiene con respecto al lugar que se le otorga a la humanidad en relación con el entorno, es decir con la naturaleza, la vida y la tierra.

 

Una civilización profunda, ancestral, consiente del cuidado del medio ambiente, de la armonía que debe establecerse para un desarrollo sustentable, seguramente tendría una alimentación muy balanceada, variada, muy rica y saludable. El ocio y el confort entregados a la pura satisfacción personal, no ocuparía un lugar de importancia en su estructura social. Los alimentos no serían constructores de imperios comerciales, ni de acumulación de capital a costa del hambre de millones, de niños, de mujeres, de ancianos y de jóvenes. Las armas no estarían al servicio de la defensa de intereses mezquinos que se sientan calentando sillas de oficinas espejadas creando desabastecimiento para generar demanda.

 

Aumentar el precio del producto y luego relanzarlo al mercado, eso sí, con una nueva etiqueta “nuevo envase, pensando en usted, en su salud”. No habría, en aquella civilización de la que hablamos, fundaciones dedicadas a defender la naturaleza, lucrando con ello. Formando verdaderos ejércitos de clase – medieros con complejo de culpa que creen que por vestirse de verde son ecológicos y atacan, clausuran, señalan, casualmente siempre a la competencia en el gran mercado de alimentos. Y son, muy conscientemente, formadores de opinión, de marketing, de precios al fin y al cabo.

 

En una civilización que se sabe evolucionada, no existirían programas contra el hambre, el hambriento no sería sujeto de publicidad, ni estaría tipificado como fuera del sistema, fuera de la sociedad. No estaría en juego su humanidad, no sería un objeto politizado, si no una persona política que debe ejercer sus derechos plenamente. No existiría la caridad, que condena al hambriento a seguir siéndolo. Habría solidaridad que otorga igualdad como ciudadano.

 

Cabe preguntarse, ¿somos parte de esa civilización? ¿Esa es la civilización que tenemos? ¿Estamos asistiendo al pináculo de la evolución humana?

 

Usted conteste por sí mismo esas interrogantes, a fin de cuentas ¿de qué hablamos cuando hablamos de nutrición? Hablamos de intereses, hablamos de mercado, hablamos de tendencias y parámetros publicitarios. Hablamos de lo políticamente correcto. Hablamos de lo que está de moda. Hablamos de doble discurso. De mentiras lisa y llanamente.

 

La alimentación es producto de la sociedad en que vivimos. Si es una sociedad de consumo, ese es el fin en sí mismo, consumir, formar consumidores, y los alimentos no son un bien, un derecho, son un producto, y para consumirlos hay que tener poder adquisitivo. Y para que el producto aumente su valor de mercado, ya que no es un bien, se debe crear la demanda. Más hambre, más demanda. Más aumento, más ganancia. Más poder.

 

Para sostener semejante teatro hay que tener control de todo, o de casi todo. Y ocultar costumbres que vienen de pueblos muy antiguos, con otra visión del mundo, con otro espíritu, y otro norte. Otro propósito que el de ser meros consumidores.

 

Tenemos un planeta maravilloso, pero una civilización de m…