Wyoming

El avión que me trajo a Wyoming no era jet. En Denver el cielo estaba cerrado y en dos ocasiones hubo que retrasar la salida. Se han de esperar 20 minutos después de cada rayo que caiga a una distancia de menos de una milla de la pista de despegue. En dos ocasiones hubo relámpagos justo antes de la salida. Cuando por fin llegó el piloto, empapado, con los papeles del permiso para volar, a los doce pasajeros nos afectaba un optimismo simulado, con ese aparente buen humor que se usa para esconder temores y aparentar, ante los demás, total entereza. Pero bueno, el pequeño avión bimotor hizo lo suyo: finalmente, con algunos tumbos cruzó la barrera de nubes y vimos el sol. Yo había pensado que este día no lo veríamos más, y sin embargo, la luz por encima de las nubes era deslumbrante. Continuamos volando casi dos horas y finalmente vimos aparecer Sheridan, con sus granjas y praderas.

 

Una vez que el piloto hizo taxi hasta la oficina del aeropuerto, la azafata única abrió la portezuela, y al apagarse los motores reinó un agradable silencio. Me dio la sensación de estar en una tierra bendita (después de un vuelo así el simple hecho de tocar tierra es bendición): el clima aquí por ahora es perfecto. Cada pasajero recoge su equipaje tras descender por la escalerilla (te permiten solo una sola pieza de mano, de otro modo no podrías apearte) caminamos unos treinta pasos al edificio donde recogí el rollo de la pintura que George me compró, dentro de un tubo plástico y con las maderas de su bastidor ceñidas al lado. Nada de gusanos, túneles ni escaleras eléctricas para conducir como ganado a los pasajeros, todo aquí es abierto, sencillo y directo, y nada de esa molesta “seguridad” de los aeropuertos de las grandes urbes. El edificio del aeropuerto es de una sola planta y consiste de unos cuantos cuartos, pero todo su equipo es moderno. Con todo mi equipaje a la mano, saqué el celular para llamar a mi amigo. Al contestar, oí por el auricular, además oí su voz en vivo: estaba a pocos metros en el recinto contiguo. Después del abrazo de bienvenida ofreció ayuda a cargar; yo le di el portafolios con mi laptop.

 

En su Mercedes negro, condujo unos 20 minutos hasta su casa a orillas de Sheridan. Vimos venados, caballos y búfalos. Tomó una carretera interestatal de la que luego se desprendió una brecha; a través de bajos pastizales y ondulantes colinas llegamos. Tiene muchos árboles alrededor de su casa, que es de estilo moderno con toques de Western. Está sobre una colina y desde ella se divisan valles, praderas y dos estanques. En uno de los estanques tiene truchas. Mientras el sol se ponía tiñiendo todo de naranja y dorado, el silencio fue notorio al apagar el motor del auto.

 

La casa de George fue diseñada por un arquitecto consciente del bello paisaje. Cada ventana enmarca un espectáculo natural. Sobre las paredes abunda buen arte, a pesar de ser Western. Uno que otro cuadro de veleros, de modo que el mío no estará completamente solo en este ambiente lejano del mar. En los baños y servicios de la casa hay puestas barras auxiliares para asistir movimientos de inválidos: la consecuencia de haber servido en las fuerzas armadas.

 

Una vez instalados nos llevó a cenar a un antiguo hotel: me sentí en una película de vaqueros donde de pronto aparecería el Marshall Dillon. Sobre los altos muros hay cabezas enormes de alces, búfalos, ciervos con cornamentas de muchas puntas y pumas. Una larga barra del bar sienta alegres y poco lúcidos comensales a los que nos unimos en tanto alistaban nuestra mesa. Luli desmayaba de hambre y ella igual que yo, junto con George ordenamos un “Cowboy Ribeye”. La carne de Angus negro es lo obligado en esta región y la verdad es que estuvo delicioso.

 

Hoy por la mañana me he venido al campo a escribir estas líneas. Sobre el silencio sólo escucho algunos pájaros y el suave roce del viento. Ahora me percato de que las teclas de la laptop emiten algún sonido muy bajito, como de minúsculos tambores que se emocionan cuando escribo. En algún rato del día habré de estirar el lienzo sobre el bastidor y colgar mi pintura. Luego visitaremos un rancho en compañía de familiares y amigos. Aquí he gozado de una de las ventajas de tratar con compradores de arte sensibles, en forma directa y no por mediación de galerías. He sacrificado el reconocimiento que trae la promoción comercial, a cambio de amistades con gente agradablemente peculiar que disfruta del arte y a la vez del diálogo con artistas. Ya te contaré más luego.