El sueño de un mundo sin discriminaciones

Por Pbro. Lic. Juan Luis Casillas Martínez (*)

casillasmartinez@gmail.com

 

La misión de Jesús de Nazaret es para todos. Para Él no existe diferencia entre hombres y mujeres, esclavos y libres, justos y pecadores.

Para Jesús todos son hermanos porque todos son hijos de Dios. Ahí radican su dignidad y sus derechos.

 

UN EJEMPLO DE MARGINACIÓN SOCIAL

 

Palestina, en tiempo de Jesús, era una sociedad saturada de discriminaciones. Se discriminaba a las mujeres, a los niños y a los enfermos, pero también a los que no eran judíos, quienes eran tratados con desprecio y eran llamados paganos.

En el Evangelio de Mateo está plasmada la historia de una mujer doblemente discriminada. Era discriminada por ser mujer y por ser pagana. Al principio parecía que no tenía ninguna esperanza, pero después de su encuentro con Jesús su situación es distinta.

 

JESÚS Y LA MUJER PAGANA

 

El pasaje evangélico comienza señalando la región donde Jesús y sus discípulos se habían retirado por un tiempo. Se trata de Tiro y Sidón –es decir, Fenicia– ubicada al noroeste de Galilea. Era, por tanto, tierra de paganos.

No parece que Jesús estuviera ahí para predicar, sino más bien para descansar, para instruir mejor a sus discípulos o para dejar que se calmara el entusiasmo de las multitudes que querían proclamarlo rey después del milagro de la multiplicación de los panes.

La mujer había escuchado hablar de Jesús y de todo el bien que había realizado en Palestina, así que toma la determinación de dirigirse a Él para pedirle que cure a su hija, que estaba atormentada por un demonio.

La mujer le grita a Jesús: “Ten compasión de mí”, pero Jesús permanece en silencio. Como afirma san Agustín: “Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo”.

Luego intervienen los discípulos y le piden a su Maestro que la atienda. Y Jesús responde: “Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”. Pero esta respuesta no desalienta a la cananea, sino que sigue insistiendo: “¡Señor, ayúdame!”. Incluso cuando recibe una respuesta que parece cerrar toda esperanza –“No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”–, no desiste, sino que afirma: “es cierto, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

La fe de esta mujer es tan grande que en su humildad le basta poco, le basta sólo una mirada, una buena palabra del Hijo de Dios, quien queda admirado por su respuesta y le concede lo que pedía.

 

LA IGLESIA Y LOS MARGINADOS

 

El diálogo entre Jesús y la mujer cananea refleja muy bien la situación de la primitiva Iglesia, que le costaba abrirse a los pueblos paganos por el peso de los prejuicios, la raza, las costumbres y la religión.

Pero ese diálogo también retrata la situación de la sociedad actual. Hoy, como entonces, la sociedad está llena de marginaciones y discriminaciones. Y la Iglesia ha de poner en práctica la actitud de Jesús, para quien no existen los prejuicios ni la discriminación.

La Iglesia ha de mostrarle al mundo que todos somos una sola familia humana y por eso estamos obligados a superar barreras de raza, religión, sexo, nacionalidad, grupo étnico o posición económica, por ejemplo.

Como lo hizo Jesús en su tiempo, la Iglesia ha de abrir fronteras y derribar todo tipo de barrera que se interponga entre los seres humanos. Para la Iglesia no puede haber ni olvidados ni despreciados. Para la Iglesia sólo hay hermanos y hermanas de Jesucristo.

 

(*)Vocero de la Diócesis de Tepic y colaborador en el Templo de La Aurora.