Wyoming (segunda parte)

Este artículo sigue a uno de igual nombre, publicado hace dos semanas. Desde entonces he regresado a Vallarta, con todos sus encantos…sólo lamento que aún no haya terminado el calor.

 

Wyoming resultó ser, en cierto modo, un lugar similar a Suecia, en el sentido de tener muy pocos habitantes pero con mucho dinero. Esto nunca deja de ser bueno para el arte y los artistas. No lo digo porque mi cliente y amigo me haya prestado su Porsche S4 convertible para dar vueltas por esas amplias y desiertas carreteras del estado (era yo un rayón negro  sobre el lienzo de las verdes praderas)… me impresionó aún más que una población de tan sólo doce mil habitantes, tuviese la sensibilidad y el hambre de belleza como para llenar las calles de flores y de arte.

 

La calle principal de Sheridan exhibe esculturas de diversos artistas en un acuerdo novedoso con la ciudad: los artistas prestan sus obras para ser colocadas sobre bases diseñadas exprofeso que la ciudad proporciona, y cuando hay alguien interesado puede comprarla. Hay desde 1992 un “Public Arts Committee” encargado de la exhibición continua, que beneficia principalmente a los artistas locales, al tiempo que embellece la pequeña ciudad. Recordé con amargura las dificultades, intereses creados y falta de entendimiento por parte de autoridades para hacer algo parecido acá donde yo vivo… espero que ya pronto empecemos a colocar escultura pública sobre nuestro pequeño y único malecón en la marina de Nuevo Vallarta. El arte es un  poderoso imán de turismo de alto nivel.

 

A riesgo de aburrirles, repito que por todos lados en Wyoming se respiraba respeto a la naturaleza –aún ante la amenaza de la minería, que puja por las extracciones a cielo abierto -tan dañinas- del mismo modo que los hoteleros pujan aquí por acaparar todas las playas. No dejamos de ver venados, antílopes y búfalos por las inmensas praderas sobre las que corren tranquilos ríos, todo enmarcado por montes rocosos. Mucho ganado Angus Negro, también libre para pasear sobre los ricos pastizales.

 

Luego de varios días de estos espectáculos, llegó el momento de regresar a casa. El viaje hizo contrastar aún más las diferencias entre este campirano Wyoming y las grandes orbes con sus multitudes. Resultó que de regreso hubo que pasar por Dallas, donde se soltó una tormenta que forzó a nuestro avión a aterrizar antes, en una base militar de Wichita Falls. Dos horas estuvimos encerrados en la cabina -y ya no se trató del Beechcraft de dos propelas para 19 pasajeros que nos llevó a Wyoming, sino de un Boeing MD-80 para 140  almas que respiraban, sudaban y demás. Mientras el piloto hacía lo posible por mantenernos de buenas a pesar del hambre, contó un buen chiste, ”Pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre un optimista y un pesimista? Respuesta: el pesimista es un optimista con experiencia”. Luego que llegó el combustible necesario para continuar el vuelo, arribamos a Dallas/Forth Worth, cuyo aeropuerto internacional maneja unos 165,000 pasajeros diariamente, obviamente convertido en pandemónium: vuelos cancelados, gente desesperada por llegar a su destino, colas para cargar celulares en los pocos contactos disponibles, agentes de vuelo desquiciados por pasajeros exigentes.

 

En determinado momento le pedí ayuda a un piloto. Era un hombre tranquilo y paciente que me explicó: “Lo siento, pero no sé nada. He acudido a tres puertas y ni yo que soy capitán encuentro mi vuelo. Lo mejor es seguir pacientemente en línea para preguntar a la agente; ella tiene la computadora y sabrá informarle”, pero no. Ella tampoco tenía la información definitiva pues cambiaba constantemente. Lo único que me tranquilizaba era confirmar que mucha de la gente en la cola estaba vestida tropical, como para llegar a la playa, y sí: al preguntarles contestaban ilusionados que venían a Puerto Vallarta, desesperados pero felices.

 

Con tanto hacer fila nos perdimos de toda posibilidad de comer en “Pappadeux” del aeropuerto: está en la misma terminal “A” y ofrece la mejor alternativa para comida del mar – mucho después de Vallarta, claro. Un plato de mejillones acompañado de una cerveza “Blue Moon” con su rodaja de naranja  hubiera compuesto las cosas.

 

Tuvimos un retraso total de 9 horas. Cuando por fin llegamos al aeropuerto Díaz Ordaz  lo ví más bonito todo. Desde el aire nos tocó presenciar una puesta de sol preciosa sobre nuestro mar Pacífico y la costa verde. El trato amable del personal y el relativamente pequeño tamaño de sus instalaciones me parecieron de lo más civilizado. Me encanta Vallarta, y todo Bahía de Banderas y Riviera Nayarit. Ya viene octubre, y los turistas y el buen clima. Tendremos una buena temporada.