Memorias de un pescador de sueños

El próximo jueves 11 se septiembre de este año de 2014, se presentará en punto de las 5:00 P.M. en el mini auditorio del edificio de Rectoría del Centro Universitario de la Costa, el libro intitulado Memorias de un Pescador de Sueños, escrito por un hijo genuino de este Puerto de Vallarta, el M. en C. Rogelio Moll Contreras.

 

Ancho de pecho ha de estar Rogelio Moll Contreras, pues su cabrón libro le quedó muy bien. Para muestra he aquí íntegra, una parte. Nomás para que se vaya dando un quemón:

 

El Chito y yo luchamos para dominar atún y marlin; en el forcejeo se cruzaban las líneas; el mar estaba picado y agitado; los vientos encontrados hacían que La Liliana se bamboleara; la maniobra para acercar los peces a la embarcación se complicaba más estando ambos de pies; de repente el marlin empezó a brincar y a brincar y el atún se sumergía más y más en lo profundo del mar azul; la lucha se hacía muy pesada; pero, en un movimiento en falso se aflojó la tensión de la línea de El Chito y el marlin cesó los saltos y movimientos de escape; grité, ¡Chito, enreda rápido tu línea!; no lo hizo, la acción lo tomó por sorpresa; el marlin expulsó el anzuelo y escapó. Quedamos todos en silencio; yo continué la lucha; después de hora y media estaba sudando y cansado tratando de acercar el atún a la embarcación. El Trini Chavarín dijo: “…yo ya lo hubiera chingado en 15 minutos; ahorita te paso la caña a ver si es cierto que lo sacas en 15 minutos, cabrón hablador.”

 

Después 15 minutos más de lucha estaba muy agotado y me senté en la silla de pesca; la silla se movía al vaivén de la embarcación, igual que yo; me dolía el coxis del esfuerzo, como si el huesito se machacara en la fibra de vidrio de la silla; sentía dolor pero no le di importancia; le pasé la caña al Trini Chavarín … “ándale pues, éntrale, a ver si como roncas duermes.” Pasaron 15 minutos, media hora, cuarenta y cinco minutos, una hora; Trini no sostuvo su dicho. Cansado, paso la caña a José Luis Ramos, hombre fuerte y pescador desde la infancia; él en 15 minutos arrimó el atún a La Liliana. Me pasó la caña y lo acerqué más a la embarcación; nos quedamos admirados del inmenso animal que daba vueltas panza para arriba cerca de la popa, era una inmensa vaca gorda. José Luis gritó, “… ¡traigan el gancho volador!; prepararon una cuerda que resistiera el jalón del gancho para apresar el atún.

 

Era necesario asegurar el pez al primer ganchazo, de otra manera se corría el riesgo de que se fugara. Lo acerqué aún más a la embarcación; le tiraron el gancho volador pero el atún dio varios giros, no lograron ensartarlo y en ese mismo instante escupió el anzuelo. Nomás vimos la sombra oscura del animal alejarse hacia las profundas aguas azules del mar. Duramos buen rato en silencio, como si fuera velorio; yo casi, casi chillaba de coraje. Para acabarla de componer, estaba muy cansado, desesperado y con dolor en el coxis por el esfuerzo tan grande que hice. Y todo para nada. Al regreso, decepcionados, nos echamos unos relajantes. Así es la pesca, a veces nada el pato; a veces, ni agua bebe. Esta experiencia fue hace unos 15 años, en el mes de julio, antes de 1995, previo a las depresiones tropicales anuales.