La Lengua

La definición de Idioma remite a la peculiaridad, la idiosincrasia, la propiedad, y por tanto pertenencia, de un sistema de comunicación verbal o gestual propia de una comunidad. Es decir su lengua. Cada lengua o idioma está subdividida en dialectos con diferentes variedades lingüísticas que identifican los orígenes de la comunidad.

 

Cuando hablamos de lenguas, hablamos de origen y hablamos de identidad. La lengua nos identifica, nos da un sentido de pertenencia único. No en vano los griegos antiguos se identificaban como tales solo por el idioma que hablaban, ya que no existía aún la idea moderna de nación, y al resto que no hablaban su lengua les decían bárbaros, por el “bla bla bla” que ellos no comprendían. Un poco cerrados los griegos. Esa barbarie del idioma también hacía referencia a la barbarie de la civilización. Por tanto, los bárbaros no solo no hablaban griego sino que además eran incivilizados al no hacerlo y sus sociedades eran inferiores.

 

No es casual que hoy pase algo similar. La preponderancia de una lengua o idioma sobre otro, lo primero que establece es una diferencia de evolución entendida en términos de civilidad.

 

No existe un parámetro establecido para determinar a ciencia cierta qué es un idioma y qué es un dialecto y esta diferenciación tiene más que ver con causas geopolíticas, sociales y económicas. Quien detenta el poder, es dueño del idioma, de la identidad, de la pertenencia y de la civilización.

 

En estos días hemos visto que distintas comunidades en Europa han generado movimientos separatistas o independentistas muy importantes. Desde Ucrania hasta Escocia pasando por Barcelona en España. Más allá de lo que los intereses políticos, culturales o económicos que cada una de las partes o comunidades deciden defender ante lo que ha sido por largos años su autoridad, lo que subyace es un profundo sentimiento de pertenencia a una lengua que la identifica frente a otra que no.

 

La defensa de la identidad tiene mucho que ver con la independencia y más que ver con la lengua y la libertad.

 

La lengua nos forma como individuos en sociedad. Nos da pautas de pensamiento, el idioma expresa el contexto en el que se vive. Por eso en Brasil existen muchas formas o tonalidades del color verde y en Noruega solo una o dos. Es un ejemplo antojadizo y caprichoso si usted quiere, pero vale como muestra.

 

El entorno geográfico moldea el idioma y viceversa. El español tiene varias aplicaciones, es uno de los idiomas más ricos para expresar las más complejas ideas o sentimientos. México es uno de los países con más diversidad en ese aspecto. Se hablan cientos de dialectos, lenguas en realidad, que no hacen más que expresar esa variedad cultural que el país sustenta.

 

Toda Latinoamérica es exuberante en ese punto específico. A tal grado que el español como idioma ha sufrido modificaciones que no ha podido ignorar. El acento de cada país de México hasta Argentina, identifica fuertemente a sus ciudadanos y es defendido a capa y espada más de una vez. Lo que defienden al resguardar el acento propio, es nada menos que la pertenencia a esa nación, a ese país que lo formó y le dio pensamiento. La lengua le ayudó a generar una “forma de hacer las cosas”, pero una forma de hacer las cosas dentro de la diversidad no de la segregación.

 

Conocer nuestras lenguas es un modo bastante efectivo de alimentar la identidad, la libertad. Negarlas es también hacernos más chiquitos, más dependientes, a la sombra de otros.

 

Usar nuestros modismos también es válido, nos acerca, y a veces no hay forma de expresar mejor las ideas y los sentimientos que compartimos.

 

No es lo mismo decir “eres muy capaz” a decir “eres un verdadero chingón”. Y todas las variantes que se le ocurran serán bienvenidas.

 

La lengua habla por nosotros, pero somos nosotros los que decimos a través de ella. Y cuando la usamos sabiamente, con identidad, con orgullo y con libertad, lo que decimos siempre es importante.