Otras razones, que no el malecón

Puerto Vallarta era un bello pueblito mexicano junto al mar, donde reinaba un espíritu benigno, pacífico, propicio para vacacionar con la familia y disfrutar de una convivencia que se distinguía por lo amable de su sociedad. Por sus calles corría la brisa y por todos lados desde lo alto se podía ver el horizonte azul. Era tan deseable, grandes personalidades viajaban a él desde otros países para disfrutarlo. Esto despertó la codicia de desarrolladores y comerciantes –los más de ellos llegaron de fuera- y atropellando la arquitectura local, las normas de construcción y el interés general acabaron con lo que fue Puerto Vallarta.

 

Cerrar el malecón ha sido una buena medida, pues permite un mejor disfrute de la vista al mar; es ahora más seguro, menos ruidoso y conflictivo pasear a su largo. Sin embargo, esto no reduce el número de giros negros que acaban con el ambiente familiar y preocupan a los padres de niños y jóvenes. Arbolar y rehacer las aceras con bonitos diseños también ha sido una buena medida; el andar es más firme sin grietas ni roturas, sin embargo, eso está lejos de remediar la pérdida de los milenarios árboles, de cuya sombra fresca gozábamos todos: gente, iguanas y pájaros.

 

Esos árboles, que fueron sacrificados para erigir altas torres de condominios, moderaban además la temperatura de nuestro pueblito. Muchas de las torres, como las de Molino de Agua, fueron construidas sin permiso y contra toda regulación de desarrollo urbano, como muy a tiempo hicieron constar activistas que trataron de detener su construcción. Recuerdo entre ellos a la Doctora Limón, a Eduardo Rincón Gallardo y a un hombre alemán Reinhard Dressner –verdadero ciudadano de Puerto Vallarta. Nadie nos escuchó. Eduardo aún conserva en su archivo la constancia que, por ley de transparencia, tuvo que emitir el ayuntamiento confirmando la inexistencia de permisos de construcción para las torres.

 

El permitir lo indebido, sin importar las normas, leyes o consideraciones sociales es lo que ha acabado con nuestro pueblo y su economía. Los jugosos negocios de gobernantes al permitir lo indebido tiene ahora sus consecuencias y remediarlo será tan difícil como hacer crecer gigantescos árboles: no sucede rápido. Entre las consideraciones sociales debe tenerse en cuenta que quienes tienen dinero bien habido son por lo general conservadores: cuidan a sus hijos, los educan y aconsejan alejarse de vicios, de malas compañías y de ambientes cuestionables. Procuran por tanto vacacionar con la familia en lugares sanos, donde sus hijos se diviertan sin estar expuestos a peligros y malas influencias.

 

En las calles del centro de Vallarta, tan abundantes en la oferta de alcohol, se respiran orines. Esto anuncia muchos otros males, es síntoma de una descomposición que todo aquél que tenga medios para vacacionar en un lugar mejor querrá evitar.

 

Es triste, pero cuanto más tardemos en reconocer las verdaderas razones de la caída de nuestro Puerto Vallarta, más tardaremos en levantarlo, y más se extenderá la infección por toda la Bahía. Mi esperanza está en una nueva generación de gobernantes. Gente más preparada y consciente, capaz de ver más allá de tres años de gobierno y de sus propios bolsillos. Por ejemplo, me ha dado algo de aliento escuchar a José Gómez, munícipe de Bahía de Banderas, decir que quitarán los anuncios espectaculares que tanto afean nuestro paisaje de entrada por la carretera 200… algo que ya en Puerto Vallarta lograron hacer ciudadanos que de verdad aman su lugar; mi reconocimiento a quienes lograron hacer suficiente presión al municipio ¡Qué triste ha de ser para los ex gobernantes el darse cuenta de que han arruinado uno de los mejores lugares que hay en el mundo para vacacionar o vivir!