Historias clásicas

Pensemos rápidamente en la trama de una historia: ¿Qué tal la del héroe que es condenado injustamente por un crimen que no cometió? Apuesto a que todo mundo pensará qué aburrido: la “clásica” historia de toda la vida, el argumento principal de cualquier telenovela de Televisa o TV Azteca. Pero si les digo que –grosso modo- estamos hablando de Los Hermanos Karamázov o El Conde de Montecristo, ¿se sorprenderían?

 

Ahora recordemos cualquier escena de película en la que aparezca un gato negro. No faltará quien piense automáticamente que algo malo sucederá. Todos seguiremos la secuencia del gato negro con la propensión a lo maligno. ¿Cómo llegamos a este imaginario? Por “El gato negro” de Edgar Allan Poe.

 

Con estos ejemplos creo que puedo desbrozar mi idea sobre obras que revolucionaron el mundo y hoy son el “gag visual” o imaginario del hombre común que ni siquiera sospecha de dónde viene lo que sabe. Y mi respuesta a esta transmisión del conocimiento en el lenguaje común está en que los textos que en su momento eran gusto único de intelectuales, con el pasar de los siglos, fueron adoptadas por generaciones más jóvenes que las conocieron y superaron hasta adaptarlas en versiones para niños.

 

En mi caso recuerdo que cuando estaba en tercer año de primaria, en mi libro de lectura aparecía un fragmento que comenzaba de esta manera “Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil, que daba instrucciones
para la siembra y consejos para la crianza de niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para la buena marcha de la comunidad”, poco tiempo después tendría la oportunidad de leer el libro completo y enterarme que la historia había sido un boom unos 30 años antes de que naciera.  Así creo que se empiezan a transmitir los clásicos.

 

En mi vida de lector maduré un ermitaño método de lectura: si leo un contemporáneo después complemento buscando algún clásico, quiere decir que si, por ejemplo, leo un poema de Benedetti le seguirán dos cuentos de Chéjov y Kafka.
¿Y de qué sirve esto?, dirán. Pues en principio porque ofrece otra perspectiva para el asombro, los que no conocen a los clásicos se dejan impresionar por cualquier novedad. Así pues, el que no conoce “Los 120 días de Sodoma” a cualquier “Cincuenta sombras de Grey” se le hinca. En segunda, porque ayuda a conocer las estructuras básicas de una actividad que cualquiera puede hacer. Y entonces tenemos que en las librerías comparten estantes Dulce María con Rosario Castellanos.
Abundo el tema con una anécdota que leí sobre un pintor al que le solicitan que mande unas de sus pinturas o dioramas para que evalúen su trabajo y le den una oportunidad de exhibirlas. Tranquilo, el pintor agarra una hoja de papel, dibuja un círculo y lo manda. Sin duda, es la más grande lección de que para dominar un arte, se deben conocer las bases.