Vallarta hoy:

Marcelo Tiene Razón

Marcelo del Río es Director de Arte Cinematográfico, Arquitecto, Pintor y Escultor además de ser un buen amigo a quien recientemente le realicé una entrevista que espero sea publicada en las próximas semanas si todo va bien. En dicho encuentro fuera de micrófono, nos adentramos en un interesante debate sobre la actividad cinematográfica en la cual él tiene vasta experiencia y probada trayectoria, y quien escribe ha realizado modestos aportes apenas y estudiado oportunamente la carrera.

 

Con el debido traspié de hacer pública una charla privada, me atrevo a asegurar el título que le da inicio a la columna. Marcelo afirmaba que no hay películas “malas” sino más bien películas “mal hechas”. Porque “malo” es un adjetivo que reviste un carácter moral que no debería formar parte de la evaluación de una obra.

 

Por mi parte insistía en lo contrario, es decir que sí hay películas “malas”. “Malo” por definición filosófica puede referirse a: 1.- Feo, poco agraciado; 2.- Malvado; 3.- Sin virtudes; 4.- Sin sentido de la vida. Una película difícilmente podría atribuírsele la 2da de las acepciones o la última de las cuatro. Tal vez sí cabrían en distinta medida, la primera o la tercera. Sin embrago, esto sería forzado y sujeto a observación y al análisis.

 

Por eso es que Marcelo tiene razón, por que una obra artística (en este caso una película), sin entrar en el debate si el cine es arte u otra cosa. Una obra al fin, no debe ser evaluada en términos morales, sino estéticos, sujetos a sus propias reglas de realización, es decir de hechura. Y aquí es donde nos detenemos o abrimos una tangente, porque la mayoría de las películas que vemos semana tras semana, no son malas, pero están mal hechas. Entendiendo que mas del 90 por ciento del cine que vemos viene de la industria de Hollywood, que no necesariamente es el cine de EEUU, nos daremos cuenta que ese alto porcentaje de exhibición no va acompañado de la calidad de manufactura del producto.

 

Una película debe ser narrada en imágenes, en planos, en cuadros, en fotogramas con movimiento, o con la ilusión del movimiento. Cuando un director se vale del discurso del personaje para explicar lo que el personaje siente o piensa, está dando cuenta de su falencia para narrar en imágenes, que es lo que debe hacer un cineasta. Es la regla básica del cine: Contar, narrar en imágenes. Sin esta premisa no estamos en presencia de una película, estamos asistiendo a un desfile de fotografías con voz en off. Cuando ese hecho no es aislado o producto de una deficiencia del uso lenguaje de la imagen, es entonces producto de la industria que lo realiza. Una industria que utiliza todos y cada uno de los recursos técnicos, logísticos, económicos, de distribución y de promoción de los que dispone, pero olvida, por omisión o desconocimiento el más importante de todos. La cámara. Es como si una novela exhibiese los más hermosos trazos, la más novedosa impresión, los colores más rutilantes, pero sus páginas estuviesen vacías. No de texto, puesto que está escrito, sino de contenido.

 

Una película “mal hecha” evidencia lo mismo. Y una industria que vive de películas “mal hechas” evidencia desinterés por el contenido, desgaste, incapacidad y prejuicio de valor hacia el público que consume su producto. Por que de antemano supone que el espectador no comprenderá la historia si no se la expongo textualmente, o si no la repito incansablemente a lo largo del film.

 

Tome usted cualquier ejemplo, y si en esa película el personaje le cuenta a usted a través del recurso de la voz en off, lo que usted está viendo que el hace en imágenes, comprobará a qué me refiero. Y si además de ver lo que hace, nos dice lo que siente cuando hace lo que usted ve que hace y al final de la película un texto además lo explica una vez más, usted lo comprobará otra vez y tiene todo el derecho a sentirse un estúpido porque así lo están tratando. Como alguien incapaz de deducir lo que la imagen le está mostrando. De este tipo de manufactura se hacen las películas de la gran industria del cine, de la cual todos abrevamos y también admiramos a pesar de no estar de acuerdo en todos sus estandartes. Es válido vender, pero también es válido hacerlo con calidad o por lo menos buscarla, perseguirla. Nivelar hacia arriba. Tal vez el cine debe aprender de la televisión que elevó sus estándares y logar dentro de un pobrísimo mercado de calidad, productos que superan por mucho la media y que hoy acaparan las marquesinas.

 

Sí, Marcelo tiene razón. No hay películas “Malas”, pero son tantas las “mal hechas” que uno se confunde.

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