OJO DE TIGRE 3/20

Supe que tengo talento innato para la defensa personal cuando a la edad de ocho años, siendo una chiquilla enclenque, seca igual que un palo de escoba, me enfrenté a golpes con una compañera de la escuela que al menos duplicaba mi peso y me sacaba un tercio de estatura.

 

Para ese entonces no practicaba Karate; sólo acompañaba a diario a un amigo que recibía clases con el Dr. Octavio González Lomelí, un Pata Salada de hueso colorado; don Octavio hombre alto, muy fornido, con fisonomía anglosajona, a pesar de ser muy afable y fino en su trato, se volvía una fiera, un gato salvaje al asumir el papel de maestro de artes marciales; quiero ser igual o mejor que este monstruo, pensaba, al ver la increíble destreza y los movimientos casi mágicos, análogos a los de una bailarina de ballet de don Octavio. Sus puños eran mazos de acero que enviaban y depositaban golpes certeros, devastadores; él, en cambio, no recibía siquiera un rose delicado porque esquivaba y desviaba todos los intentos de lastimarlo; más interesante era para mí, que después de ejercicios intensos, de esos que demandan gran consumo de energía, mientras los alumnos estaban a punto del desfallecimiento, él ni siquiera estaba agitado […] no puedo aceptarte entre mis alumnos; ¡te desbaratarías!; cuando tengas más biomasa me buscas; aah, por cierto, no me gusta que me llames don Octavio, sólo soy Octavio […], me dijo un día cuando al preguntarle que si podía ser su alumna fue necesario voltear mi cabeza hacia el cielo para poder mirarlo a los ojos.

 

Han pasado catorce años desde aquel mi primer pleito y lo recuerdo tal cual ocurrió; no parecen que han transcurrido ni cinco minutos. La escuincla a la que me enfrenté abusaba de varias en el salón; era líder de unas cuantas que la seguían por miedo; seleccionaba a una distinta por varios días para despojarla de colores, plumas y lonche; entre otras ofensas, escupía a las víctimas e incluso jugaba sus dedos dentro de la boca de sus víctimas después de haberlos introducido en su propia vagina o en las de sus amigas; solía decir, […] ¡para que te hagas mujercita!; si rajas, te medio mato; ¡y no chilles porque te va peor! […].

 

Aquél día estaba en el recreo con una amiga igual de tilica que yo; vi venir a la abusadora con el grupo de amigas, amigas que le hacían casita para obstruir la visión de los curiosos; supe de inmediato que habría dificultades; propinándome un empellón dijo, […] a un lado popotitos, a ti te toca hasta la semana que entra […]; cuando se encaminó hacia mi amiga le metí zancadilla; se fue de bruces; se incorporó, lenta se movió hacia mi profiriendo insultos, bufando como jabí en celo; la esperé de frente estimando sus movimientos; amigas y mirones hacían gran alboroto animando a aquella depredadora; cuando se abalanzó sobre mí para derribarme con el peso del cuerpo, apenas logré esquivarla; sin perder mi propio equilibrio la dejé que diera un cuarto de vuelta sobre su eje, tal cual Don Octavio lo hacía en sus clases de Karate; en un instante calculado de forma precisa, volé por los aires dejando ir una patada voladora justo entre el cuello y la quijada derecha; aquél toro salvaje quedó noqueado al instante.

 

Antes de correr al salón, viendo a los ojos a las comparsas de aquella pequeña delincuente dije, […] la que raje, ¡la mato! […]. Debo decirte que la Cruz Roja fue a levantarla; y que días después los padres de la chiquilla exigieron una junta con todas las de mi salón. ¡Nadie rajó! Cuando el director preguntó a la propia golpeada quien había sido, ella se soltó llorando y apenas atinó a decir, […], no la conozco, no era de esta escuela, nunca la había visto […].

 

Ahí y de esa manera nació mi vocación por la protección de aquellos que son incapaces de defenderse a sí mismos. […] oye, te veo conmocionado, créeme, nunca te voy a lastimar, sólo soy ruda con los delincuentes; tú me caes bien porque eres la primera persona que se interesa en lo que hago […].