Aproximaciones a la muerte

“El que camina un minuto sin amor,

Camina amortajado hacia su propio funeral”

-Juan Rulfo

 

Por lo general el concepto de la muerte nos llega con el fallecimiento de un abuelo o una mascota. Es en ese momento cuando los padres nos explican qué significa morirse y –dependiendo de la cultura- lo relacionado al cielo y al infierno. En mi caso, mi primer muerto me llegó cuando tenía seis años y vivía en Tepic en la casa de una madrina.

 

Una mañana mi madrina me despertó y me dio la mejor ropa para salir. Bajamos la loma donde estaba ubicada su casa para subirnos a un camión amarillo con rojo que nos llevó a una colonia bonita. Llegamos a una iglesia mucho mejor que donde acostumbrábamos a ir a misa. Ahora sé que no era una iglesia sino una funeraria.

 

Al ingresar a la funeraria mi madrina fue saludando mucha gente hasta que llegó con una señora que lloró demasiado. Mi madrina parecía detener a la señora con su abrazo que se volvió eterno. Después, ante la negligente vigilancia de mi madrina, me pegué a la pared de mármol de la funeraria. Disfrutaba sentir el frío del mármol. Fui manoseando cada pared con fruición hasta que me detuvo una caja. Intenté asomarme y me interrumpieron unas personas. Ahí estaba el muerto.

 

No recuerdo quién era el muerto. Solo recuerdo que mi madrina me explicó algo acerca del alma y el espíritu. Más tarde fuimos por un helado y olvidé la muerte. Olvidé también Tepic. Dos años después volvió a aparecer el concepto de la muerte. Mi madre estaba internada en la clínica de San Pancho, Nayarit y yo me quedaba en la casa de unos tíos. No me dejaban ver a mi madre y solo esperaba noticias de ella. Una noche, después de la cena, los tíos me mandaron a dormir y como todos los niños del mundo, escuché la plática sin que se dieran cuenta.

 

Discutieron largo rato sobre mi destino si la operación de mi madre no salía bien. Por suerte, todo salió bien.

 

Por esos mismos años de mi infancia conseguí un trabajo inusual. Una vecina dejaba Puerto Vallarta para irse a vivir a Estados Unidos y me contrató para ir a limpiar la tumba de su hijo. Me llevó al panteón de la colonia Independencia y me ubicó la modesta tumba que había que limpiar. El trabajo era bastante sencillo: desbrozar y pintar. La vecina quedó de mandarme dinero una vez por mes. Me dejó una cubeta de aluminio, pintura y 200 pesos. Jamás volví a saber de ella. Regresé dos o tres veces al panteón. Creo que si me esfuerzo aún puedo ubicar la tumba.

 

Después hubo un largo periodo sin saber de la muerte. Hasta que en el 2001 se apareció con el fallecimiento de mi bisabuela. Mi bisabuela murió un 21 de noviembre, justo el día de su cumpleaños. No supe muy bien cómo reaccionar. La recordaba con cariño pero la distancia y el tiempo me apaciguaron los sentimientos. Desde entonces no he tenido ningún muerto cercano.