OJO DE TIGRE 5/20

[…] sus ojos de color miel encendido evaluaron y discriminaron, en décimas de segundo, un blanco móvil de imágenes fugaces, dispersas. El Tigre enfocó a tres atacantes punteros que en forma suicida se arrojaban sobre un gigante. Ciento veinte kilogramos de peso se movieron por el aire con magistral agilidad. Si hubiera sido posible observar aquella acción de apenas unos instantes en cámara lenta, daría la impresión al ojo humano de que El Tigre había fallado. Empero, con una limpia caricia letal, El Tigre desgarró y dispersó pedazos de cuero, hueso, cartílago, carne macerada y sangre. Tres canes se revolotearon sobre la hojarasca para no levantarse nunca más […].

 

Así es el ataque de El Tigre, certero, instantáneo, letal, infalible. De forma idéntica es el impacto de una vieja Quinto Dan, como tu servilleta, cuando enfrenta a dos o más enemigos. […] diez segundos para que caiga el primer contrincante y los siguientes a razón de uno por segundo […], solía decir don Octavio cuando daba instrucciones a pupilos avanzados. He practicado esa forma de manejar al enemigo hasta alcanzar un nivel de excelencia extrema. A fuerza de golpes he desarrollado una memoria muscular, un instinto cuasi animal, felino, para la defensa y el ataque. En combate, nunca pienso, sólo actúo.

 

Mi calidad para doblegar delincuentes quedó demostrada desde el primer encuentro en campaña; mi comando de asalto un día emboscó a cuatro delincuentes. Nosotros éramos ocho. Los apañamos desde el inicio de forma tal que no opusieron la más leve resistencia; sabían que estaban derrotados. Pero el que parecía ser líder de esa banda usó un recurso psicológico que abrió una ventana de escape. […] así serás bueno marinerito de charcos de miados, emboscando al enemigo; ponme de igual a igual, a mano limpia con el mejor de tus comparsas, digo, si tú no te sientes con los suficientes tantos para hacerlo; ¡te prometo que te regreso convertido en un trapeador deshilachado, en una piltrafa que ni tu misma puta madre reconocerá! […], dijo aquel tipo de apariencia ruda, con señales visibles de un cuerpo curtido a golpes. ¡Güinduri!, gritó mi comandante, […] ¡tiene mi permiso para que humille frente a la banda a este fanfarrón! […]. Aquella no era un invitación de cortesía; era una orden expresa de poner fuera de combate al enemigo.

 

Pensé, la mejor forma de humillarlo será que sepa desde el principio que una vieja le partirá su mandarina en gajos. Así que, mientras me deshacía de diversas prendas que harían torpes mis movimientos, comencé a descontar en mi mente de manera regresiva los segundos que me faltaban para liquidar a aquel adversario,; […] 15, 14, los números retumbaron en mi sien al unísono con los latidos de mi corazón; ¡fuera fusil de asalto, pasamontañas, chaqueta con radio, arnés de mochila, chaleco blindado, casco, cinturón con pistola, accesorios y cargadores!, 11, 10; deshacerme de las pinches botas consumió casi tres segundos de mi tiempo; hijo de puta, pensé, me estoy retrasando mucho en encuerarme, ni que fuera a coger con este pendejo; 6, 5, solté el molote de mi pelo y lo dejé atado en una cola de caballo; moví mi cabeza a un lado y otro para sentir la caricia de mi cabello sobre los costados de mis mejillas. Así es como quiero estar, pensé; 4, 3, 2; aquél animal en celo sonriendo y con malicia tiró un puñetazo con la mano izquierda directo a mi rostro con la intención de despedazarme; alzándome ligeramente en pinganillas metí mi brazo izquierdo en forma de gancho en el antebrazo de mi oponente, justo adelante de la muñeca; sentí que el sudor frío del delincuente se untaba sobre mi propio antebrazo resbalando y desviando con suavidad aquel marrazo; de forma simultánea, apenas esquivado el golpe, me elevé en el aire con un cuarto de giro sobre mi eje izquierdo y dejé caer un golpe de martillo sobre la quijada del sujeto con mi codo derecho, 1, 0. ¡Te juro que no pude contener la euforia de ver fulminado a aquel rinoceronte!; ya, caído, con facilidad pude haberlo liquidado para siempre; pero sólo grite con todas mis fuerzas, mirando a mis colegas, ¡Güinduri!.

 

Ya calmados los ánimos dije a mi comandante, […] ¿ahora comprende por qué debo vestir un atuendo distinto?. Él se limitó a verme de arriba abajo y sólo dijo, vístase, le van a dar unos aires encontrados […].