De fogones y marmitasGente PV

Añoranzas festivas

Con respeto y cariño para las nuevas generaciones

 

Me tocó vivir parte de mi niñez en los primeros años de la década de los años cuarenta del siglo pasado, en plena guerra mundial, en la que México participó de alguna manera. El clima de la economía no era precisamente boyante. Sufríamos muchos mexicanos el racionamiento de alimentos que adquiríamos con cupones. En los pueblos se cocinaba con carbón de leña o con tractolina, se usaba la manteca de cerdo para freír, y el lujo de la refrigeración se constreñía a un mueble de madera aislante y forrado de lámina en su interior y al cual se le introducían trozos de hielo. El agua para el baño se calentaba en un balde, con un par de resistencias eléctricas que se enganchaban al switch principal.

 

Los domingos por la mañana, después de desayunar y asearnos, nos vestían con ropa dominguera para asistir a misa. A la salida procurábamos gastar nuestro “domingo” en las pocas opciones que teníamos: chupaletas heladas, caramelos o chucherías. Fuera de eso, las noticias encontraban su cauce en las charlas de vecinos quienes por las tardes sacaban equípales a la acera, y congregaban a toda la familia alrededor de las personas mayores. A hora temprana se iba a la cama. Uno se levantaba con la luz del día.

 

El México de antaño

Nuestro país era todavía un pueblo agrícola, pues la industria era incipiente y se acababa de estrenar el concepto de “trabajador migratorio” o “Bracero”. Los pueblos, sin embargo, mantenían sus costumbres y tradiciones ancestrales. Entonces mi familia residía en un pueblo de Michoacán, cerca de la laguna de Chapala. Mi padre cultivaba las fértiles tierras de un rancho donde obtenía dos cosechas al año: trigo y garbanza en invierno; maíz, fríjol, frutas y legumbres en verano. El ganado nos proporcionaba leche, mantequilla, crema, requesón y queso. Mi padre enviaba algunos productos a España, de allá le regresaban vino tinto en toneles. No había riqueza pero había auto suficiencia y un gran espíritu de familia, con los valores morales que se nos legaron y la inocencia de los niños que estaban muy lejos del demonio de las comunicaciones modernas.

 

En aquella época las ciudades eran todavía vivibles y gozables: aunque la única que conocí fue Guadalajara. Y en los pueblos de provincia la vida corría a la velocidad del tranvía de mulitas. Desde el rancho de mi padre, a veces viajábamos a Guadalajara embarcándonos en un “vapor” desde Ocotlán hasta Chapala. De ahí seguíamos en el tren que nos llevaba a la vieja estación frente al templo de San Francisco. Las Calandrias hacían las veces de taxi y nos llevaban a nuestro destino sin mayores prisas.

 

Las fiestas anuales

En el pueblo esperábamos con entusiasmo las fiesta anuales: Santiago Apóstol el 25 de julio, día en que terminaba el novenario de fiestas de guardar. Atrás quedaba el olor a pólvora quemada, el piso de la plaza tapizado de cáscaras de cacahuate y caña. Únicas golosinas a las que tenía acceso la chiquillería.

 

La Semana Santa, precedida por la Cuaresma con sabor a tortitas de camarón seco, nopales en chile guajillo, sopa de habas o lentejas y olor a torrijas con miel; a capirotada y a empanadas de calabaza. Por las tardes largos peregrinajes para visitar los siete templos y en el camino guzguera con trompadas de piloncillo, churros o guasanas calientes.

 

Temporada decembrina

La Navidad, evocaba siempre las nueve posadas y la cena formal con toda la familia. Las posadas eran unas fiestas comunitarias o familiares (cuando estas eran numerosas) llenas de colorido, devoción y diversión en una mezcla pagana de religión y fiesta. Los cantos de letanías y villancicos, el rompimiento de las piñatas y todo un variado ágape de platillos, dulces y ponches.

 

Las piñatas se elaboraban en casa utilizando un cántaro de barro, normalmente quebrado. Mientras que un adulto se encargaba de preparar el engrudo con agua y almidón, las niñas se dedicaban a cortar el papel de china de colores, y los niños el cartón para formar los siete conos tradicionales. El espíritu de las piñatas consistía en que la fe (el del garrote), le sonaba cuanto podía a los siete pecados capitales representados por los picos de la piñata. Al destruirlos y romperla, caía del cielo el premio para los pequeños en forma de dulces, cacahuates, trozos de caña y colaciones. La fe es ciega, se decía, mientras algún adulto cubría los ojos con un lienzo, quien con un palo de escoba a la mano esperaba como caballo de carreras a que lo dejaran suelto. El manipulador del mecate del cual colgaba la piñata, era casi siempre el más “mañoso” de la familia o del barrio.

 

Tradiciones navideñas

Desde días antes, había llegado desde Guadalajara el bacalao seco y los ingredientes para prepararlo. El olor del guiso que emanaba de la cocina nos hacía mirar con impaciencia a la cazuela que guardaba el guiso. La mesa se vestía de gala, y desde buena hora se acudía a la panadería a recoger el “pan francés”, obligado para esa cena tan especial. Mi padre se encargaba de la elaboración de los buñuelos de rodilla que luego pasaban a la cocina para freírse, y la hora indicada degustarse bañados con mil de piloncillo oloroso a canela. Se bebía agua fresca, chocolate y vino tinto para los mayores. Nada pasaba el día siguiente. Los regalos para los niños los traían los Santos Reyes hasta el seis de enero. El Niño Jesús dormía plácidamente en el centro del Nacimiento que anualmente se preparaba para lucimiento de la familia ante parientes y vecinos. Las “buenas familias” de los pueblos o los barrios en las ciudades dedicaban merecido tiempo a construir un vistoso “nacimiento”. Para ello se escogía alguna pieza o habitación con vista a la calle de manera que al permanecer abiertas las ventanas, desde luego detrás de las rejas de fierro, los transeúntes y vecinos podrían admirar aquellas obras de arte improvisadas por todos los miembros de la familia.

Se utilizaba todo tipo de material para improvisar montes, arroyuelos, lagos y árboles. De barro de Tlaquepaque eran San José, la Virgen María y el niño Dios. Del mismo material los sabios jinetes: Melchor, Gaspar y Baltasar montados en bestias características de su país de origen; un elefante, un camello y un caballo. No podían faltar las ovejas, asnos y vacunos, y si había un lago, los cisnes. El establo se improvisaba de cartón y engrudo, todo se revestía de heno y pintura para representar la escena del nacimiento y la adoración del Niño Jesús.

 

La alegría y algarabía reinaba en los hogares por humildes que éstos fueran, y todos los miembros de la familia, desde la abuela hasta los pequeños, se enorgullecían al escuchar las exclamaciones de los visitantes admirando el “nacimiento”.

 

Fin de año

El día último del año, a los chicos nos enviaban temprano a la cama mientras los adultos esperaban la hora de la Misa de Gallo, a la media noche. Había abrazos, buenos deseos para todos y esperanzas por tiempos mejores, entre otras cosas porque la guerra terminara pronto. El día último del año era un día pleno de religiosidad.

 

El día esperado por los párvulos era el seis de enero; el Día de los Santos Reyes. Era el día de los regalos para todos los niños. Desde finales de diciembre nos empeñábamos en casa en escribir a los santos varones, una corta carta donde dábamos fe de nuestro buen comportamiento y el deseo de recibir un regalo, que de ser posible fuera tal o cual, de tal color y medida.

 

La costumbre dictaba que los niños dejáramos los zapatos en algún lugar determinado de la casa, donde por la mañana encontraríamos lo que los Santos Reyes nos hubieran dejado en razón de cómo nos hubiéramos portado durante el año.

 

Las muñecas eran de trapo o de sololoy, siempre con cachetes sonrosados y vestidos ampulosos. También las había de cartón a las cuales se les podía mover brazos y piernas. Todas las muñecas eran “llenitas”. No había muñecas flacas.

 

Al día siguiente salíamos a la calle a presumir nuestros juguetes, y a comparar con los amigos. Éstos se fabricaban de lámina o madera, Trompos, baleros, toscas trocas de palo, patines, triciclos, bolsas con canicas de mármol… y un regalo que nunca llegó: Un trenecito Lionel, con extensiones de vía, locomotora, furgones y control remoto. Fiesta, para los chicos significaba comida especial, convidados a la mesa, paseos por la plaza, fuegos artificiales y regalos de los Santos Reyes. Se nos enseñaba a esperar, jamás a exigir.

 

El autor es analista turistico y gastronomico

sibarita01@gmail.com