Los Traveler

La mejor forma de disfrutar un viaje es ser un tonto. Aunque parece obvio que siendo idiota se vive más feliz. Si se quiere gozar de un nuevo lugar, lo mejor es desconocerlo por completo. Lo compruebo siempre en mis viajes: la cultura general te arruina el factor sorpresa.

 

Siempre es horrible comprobar que conocemos enterito el spitch del guía de turistas. “Que los indígenas acostumbraban hacer tal ritual…” ya lo sabía; “que estamos frente a una especie endémica”, no me extraña; “que aquí se recibió a los refugiados de tal país”, ajá, ahí llegó parte de la familia; es en esos momentos cuando más se puede lamentar haber terminado la educación primaria y conocido las enciclopedias, las láminas, ¡un atlas!

 

Aunque lo extraordinario de las maravillas naturales es que nunca acaban con la sensación de asombro, en los destinos turísticos no sólo de naturaleza -cascadas, lagunas, playas- viven los turistólogos o turismólogos. Y es entonces cuando se empiezan a explotar otros aspectos, algo que suelen llamar “patrimonio cultural”, por ejemplo, platillos típicos, leyendas, héroes locales, visitas famosas, algún monolito blanco y puntiagudo, una sangrienta batalla, etcétera. Por eso, cuando uno conoce de antemano esos pormenores, la visita se vuelve aburrida. Sobre todo, disminuye nuestro interés si se conoce una mejor versión que la del guía chovinista.

 

Pertenezco a una especie que voy a bautizar como los “Traveler” (en honor al personaje de Rayula, que jamás salió de su país y conocía el mundo entero), aquellos que viajamos poco, empero, “conocemos” mucho. Somos los que apenas y conocemos los pueblos con los que colinda nuestra ciudad; que a lo mucho y llegamos a la capital de nuestro estado o provincia; y que jamás hemos salido de nuestro país, no obstante, tenemos en una bitácora mental tantas ciudades como pocos pueden imaginar. Lo sabemos todo: efemérides, santos patronos, hijos ilustres, climas, precios. Somos el azote de los guías; todo sin antes haber puesto un pie en la ciudad inquirida.

 

Para quien pueda pensar que hoy en día es fácil “saber todo” sobre algo. Quiero precisar que el buen Traveler es anterior a la edad de la web. Lo único que cambió en esta edad de páginas especializadas y foros es la aparición de google street. Lo que para el hombre promedio es una maravilla de internet, para el buen Traveler representa el último arruinador de sorpresa, como antes lo fueron las postales o la cartografía.

 

Así como antes uno podía saberse toda una ficha “biográfica” de una ciudad, pero se conformaba con sólo dar vagas referencias de parques y plazas, ahora, con esta aplicación, ya podemos dar referencias de un restorán entre Avenida Rivadavia y Ayacucho; o también podemos estar seguros de dónde queda la estación más cercana a la Rue Ancelle. No podremos disfrutar de la buena anécdota de perdernos en una ciudad nueva, yo mismo siento la seguridad que da saberse orientado en un lugar en el que no vives.

 

Mi conclusión, sin ánimo de ofender: los tontos son los mejores turistas. Disfrutan más sus viajes pues, al ignorar mucho, todo es nuevo, además, hacen más fácil la vida de la gente que vive del turismo -no por dejarse timar con cuentas sobregiradas, joyas de fantasía o tiempos compartidos- ya que se tragan cualquier historia. Puerto Vallarta ha sido el gran beneficiado de estos turistas tontos que jamás cuestionan por qué hay voladores “de Papantla” en un malecón del Pacífico; o por qué un barco pirata da un show con rituales aztecas; o por qué se venden réplicas de cabezas olmecas en un vivero y no en una selva de Tabasco.