¿Por qué viajamos?

En un siglo de grandes transformaciones y tragedias como fue el siglo XX, se dio una que aparentemente no se la consideró como una revolución pero que hoy ya tiene todas las características de un cambio profundo y transformador en la sociedad: los viajes.

En la primera etapa de los viajes masivos, a comienzos del siglo XIX, que se dieron por ferrocarril en cortas distancias, y muchas veces para conocer el mar, la época del “asombro”, la gente aprende un nueva función que es la de trasladarse en algo diferente a sus piernas o el caballo, por una fuerza motriz no humana, el vapor, el hombre rompe con una determinante histórica desde el comienzo de la humanidad.

Luego vinieron los grandes viajes de las masas de pobres europeos que el hambre los llevó a cruzar el mar, eran los viajeros de tercera, y éste fue quizás el único viaje en su vida, el destierro económico o el salto al vacío para lograr un gran sueño “hacer la América”; en los pisos superiores estaban los viajeros de primera, los que lo hacían por placer.

El proceso de empoderamiento de los viajes fue paralelo al del incremento de los ingresos de la población mayoritaria para poder usarlos en esta nueva “atracción”: el viaje turístico, muy diferente al viaje anterior de la era del gran tour, sólo para gente muy rica, que disponía de todo el tiempo para viajar y un gran respaldo económico para sostenerse, aunque no dejaban de ser exóticos aventureros.

¿Por qué la gente viaja más, por qué necesita viajar, por qué requiere publicitar cada vez más sus viajes, como lo hacía la vieja burguesía a la cual se le asignaban páginas en los periódicos para sus despedidas como a sus regresos?

Hay varias maneras de poder responder a estas preguntas, que no es simple ni circunstancial cuando son hoy 1,100 millones de turistas los que viajan según las cifras de la OMT y quizás de dos a tres veces más, los que esa organización no censa o “subestima” que es el turismo interior, en el caso México es cuatro veces mayor que el que se recibe desde el exterior.

La primera respuesta está dada por la propia sociedad de consumo, que ha llegado al extremo de hipotecar más del 80% de los ingresos familiares para pagar los créditos de consumo, entre ellos, los de viaje, y que en el caso de México, esa asfixia se nota en el número de carteras vencidas que tienen los bancos que dieron crédito a personas de ingresos medios y bajos, que entraron en crisis a partir de los ajustes del 2008.

Viajar es consumir y es poder demostrar; demostrar en la sociedad pequeña, la colonia o el grupo de trabajo, una capacidad ya sea de ingresos o de poder tener algo deseado por las personas, sin explicar el nivel de endeudamiento que hay atrás de estas adquisiciones.

Viajar y consumir es asumir una posición de clase, ya que los que no viajan son como los que no existen, en esta sociedad consumista, que a comienzos del siglo XX las familias acaudaladas en crisis que les impedía viajar, anunciaban el viaje pero se quedaban un mes dentro de la casa evitando hacer apariciones para que se asuma que viajaron.

Hoy no sólo viajan las familias sino muchos jóvenes por intercambio y ello sirve de acicate a las familias que logran un crédito y con ello que el joven viaje y luego lo hacen ellos como una demostración que si se puede. Antes viajar de América a Europa o de ésta a Estados Unidos era algo impensable; hoy en el mundo del consumo todo es posible si los que consumen están dispuesto a hacer grandes sacrificios.

Hoy los viajes se logran con puntos, que se obtienen consumiendo y pagando con tarjeta, así se logran viajes, así se aumenta la necesidad en el ciudadano de consumir cada día más, y donde el viaje es una mercancía más en el mundo idílico de los productos a consumir y luego desechar, en el mejor de los casos a recordar.

Hay otra teoría de los viajes y es que el mundo está en movimiento y millones de personas viajan por placer, otros por negocios, otros en busca de empleo y así se teje una red que se conoce como la diáspora, se asientan en un país y la familia viaja generando un flujo de viajeros importantes, el caso de México es muy representativo; en Europa el de los turcos en Alemania, antes de la crisis los dominicanos y ecuatorianos en España, los cubanos en Estados Unidos, así como venezolanos y colombianos, entre los grupos de diásporas mayores.

Todos somos viajeros, el trabajo dejó de ser algo rígido y domiciliado, hoy es flexible y capaz de ser operado desde diferentes lugares por ello los viajes de placer son mixtos siempre hay un correo o llamada del trabajo, siempre hay una respuesta que construir.

Hace menos de dos siglos el hombre despegó del suelo y se movió mecánicamente, hoy el hombre se mueve cotidianamente y el viaje ya es parte de la cotidianidad; en México los viajes interiores sobrepasan los sesenta millones y los de autobuses podrían ser de dos a tres veces más.

¿La gente viaja para conocer o para comprobar lo que conoció en un viaje literario o fotográfico?, conocer la gente o los iconos que definen a cada país, que le dan una identidad propia como es el caso de la Torre Eiffel.

Durante la segunda guerra mundial, el mariscal alemán Hermann Goering, dio instrucciones a la Luftwaffe en 1944 en pleno bombardeo sobre Inglaterra, que bombardearan todos los monumentos y lugares señalados por Baedeker, haciendo referencia a una famosa guía turística cuyo autor era Karl Baedeker y que se publicó en 1832 en Coblence, fue la primera guía turística.

Destruir los monumentos era acabar con la memoria, los lugares comunes que unen a la población y le recuerdan hechos o acontecimientos, la historia inmobiliaria de un país.

Otros consideran que el turismo es una forma de “belicismo camuflado” como G. Aznar, en su trabajo que se publicó en parís en 1978, “Non aux Loisirs, non a la retraite” (No al ocio no a la jubilación).

En él sostenía que el turismo era un verdadero cataclismo con resabios guerreros, y afirmaba que, “… en treinta años incluidos, medidos y evaluados todos los factores, la industria del ocio ha devastado más el planeta que cuatro guerras mundiales, diez seísmos y mil inundaciones…”. Esta posición extrema y xenófoba es la que rechaza el turismo internacional, fue popular en post guerra contra los alemanes, que se recuperaron e invadieron de vuelta Europa, esta vez las costas del Mediterráneo.

  1. Berchet entiende al turismo que se inicia en el siglo XIX como una “verdadera ideología de la colonización pacífica, y da como ejemplo la política francesa en Marruecos que con la coartada del “turismo de montaña”, promueven una “pacificación” para someter a la población rebelde del poder colonial.

El turismo fue “inventado” por los países colonialistas europeos, pero al poco tiempo algunos se arrepintieron por el movimiento de personas y los costos que esto implica. Hoy España está recolonizada por alemanes, noruegos e ingleses, entre otros, que controlan pueblos, gobiernan municipios y son islas dentro del país, todo ello es posible por las leyes de la Unión Europea.

Otro caso similar lo dio Bermudas que desarrolla el turismo con un acuerdo angloamericano, para tener bases aéreas de Estados Unidos, lo cual le permitió mejorar la red vial y con los pilotos y otros grupos militares llegan los turistas a las maravillosas playas del archipiélago.

Para Jean-Dider Urban comprender al turista es en el fondo comprenderse a uno mismo. Hay una confusión entre dos conceptos que no son iguales y pueden compartir una misma actividad como es el caso del turismo como actividad y los daños e impactos que genera y el de turista que es una persona que arriba con las fantasías que lleva encima, por ello comprenderlo a éste es diferente que entender al turismo como modelo.

El viaje sigue, los viajeros aumentan, los destinos se multiplican y la lucha por el poder captar el mayor número se profundiza, así el turismo masificado es abaratado, y con ello se hace asequible a una amplia gama de población menos de la mitad de la del planeta, pero muy importante en número, ya que abarca toda la superficie de éste y poco queda sin cubrir.

Para otros, el turismo en las islas es la cuarta plantación, producción monotemática, que los hace más dependientes de los países centrales que cuando eran colonias. Para otros los viajes han permitido que amplias zonas del mundo rompan su aislamiento y se cree infraestructura e instituciones sociales para que el turismo llegue y la población se pueda beneficiar, pero para otros estos mismos hechos llevan a la aniquilación de paisajes y de cultura.

El turismo ha llegado para quedarse, se ha integrado en el mercado y se transforma día a día, se expande porque más países lo hacen posible, y con ello el viaje crece, ratificando que vivimos la era del movimiento, cuyos costos son muy altos, pero el sistema de la economía del mercado lo exige, así la asimetría se profundiza y el turismo es parte del proceso, ya no como algo externo sino como un motor ya que se maneja sobre los imaginarios de la población.