OJO DE TIGRE 7/20

Me escribieron algunos lectores preguntando, ¿qué onda con Ámbar?; ya avienta el siguiente. Bueno, andaba por ahí y no tenía calma para rescatar mis notas, pero aquí está de nuevo, Ámbar en primera persona. Además en breve pondré en este mismo medio una liga con los seis textos anteriores y los sucesivos por si alguien quiere leerlos.

 

Pucón es una ciudad de unos 30,000.0 habitantes ubicada al Sur de Chile, en el mentado Cono Sur, aproximadamente a una hora por avión desde Santiago en vuelos regulares en los meses de enero y febrero. Pa’ allá me largué una semana, sola, sin permiso de mi corporación, sin conocer a nadie, sin tener idea clara de lo que haría. Me hospedé en un hostal discreto, sobrio, limpio, de excelente comida, con una atención muy esmerada, fina y amable. […] mi ventana enmarca un paisaje magnífico, con un volcán extinto coronado de nieves perpetuas. Mañana, desde temprano, iré a caminar para ver de cerca y palpar el hielo frío, o mejor, quizá rente una bicicleta; me ofrecieron un Jeep con chofer pero me late más pedalear una bicicleta de las de acá; ja, ja, ja, por tu sonrisa maliciosa, ¡ya sé lo que estás pensando cabrón alburero¡ […].

 

Montada en una bici para montaña enfilé hacia el cerro. Mi equipo se componía de apenas una botella de aluminio llena de agua, una mini cámara y un reproductor digital de música –que era un privilegio tener, pues era de los primeros de la Apple que almacenaba miles de canciones–. Pero yo sólo escuchaba una melodía, la misma por horas y horas, every breaking wave on the shore, tells the next one there will be one more. […] ¡Qué me dura!, ascenderé igual que un ave impulsada por las corrientes de aire tibio que pasan incesantes rumbo a la montaña. Varios kilómetros cuesta arriba, mi pulso incólume, similar al de una Fregata magnificens que sin variar el ritmo de su corazón sube hacia al cielo como saeta cuantas veces le da su chingada gana […].

 

A unos 25 minutos de mi trayecto, paré a tomar una fotografía; me llama la atención que no logro enfocar el paisaje […] ha de ser que esta camarilla ya se desconchinfló […]. Pero no era la cámara, era yo quien estaba a punto de desfallecer. Al darme cuenta de mi mareo, me senté en el piso para no dar el costalazo en pleno pavimento; en ese instante llegó aquél joven apuesto con quien mantuve un romance durante mi estancia en Pucón. Él me estuvo cazando; sabía que me daría el mareo cuando renté la bici, porque anoté en la papeleta que llegaba de Puerto Vallarta. Le perdoné cuando lo supe, porque me evitó un mal rato en la carretera. Con él subí montañas, navegué ríos, pesqué un atún de cerca de cien kilógramos y en especial, con él hice el amor como desquiciada mental de mil y una maneras distintas.

 

A mi regreso a Puerto Vallarta escribí una carta que nunca envié, y que hoy por vez primera alguien diferente de mí, tú, tienes en tus manos. […] y caminé tus playas de color oscuro; dejé que tus fuertes vientos jugaran con mi cabello, que susurraran en mis oídos tu historia, tus anhelos, tus pasiones; y después de escucharte, prendada quedé de ti; y me hiciste tuya sin yo advertirlo; y te conté mi vida, dichas, sueños e inquebrantable deseo de amar; y sin dudarlo me abriste tus brazos, tu corazón; y tu boca hambrienta de besos se fundió con la mía cien mil veces. ¿Eres mi mujer? ¡Tu mujer soy!; ¿eres mía en cuerpo y alma? ¡Sí lo soy! ¿Eres mi puta? ¡Tu puta soy!; y fuimos uno en el atardecer de ese viernes; y extasiados miramos el horizonte; y el último beso tenía sabor agridulce porque llevaba la etiqueta de un, hasta nunca cariño santo […].

 

Recordaré por siempre aquella canción muy típica de Chile, que él me cantó incontables veces, casi tantas como mi favorita de Bono, acompañado de una desvencijada guitarra, […] tienes que volar paloma, en tu propio cielo […]. ¡Búscala en Internet, si la localizas, te va a encantar!