Libros más, libros menos

Como cada año, este próximo jueves (23 de abril) se celebrará el Día Internacional del Libro, y en México veremos en tele y diarios las noticias de rigor que nos colocan como un país que no lee. Se discutirán las estadísticas que marcan de 0.5 a 2 libros leídos per cápita. Que si es apropiada o no la Ley de Fomento a la Lectura y el libro. En fin, momento propicio para discutir qué hemos hecho y cuánto hemos avanzado/retrocedido en este rubro como nación. Igual que se hace en cada “Día Internacional” del cáncer, del sida, del inmigrante, de la mujer, del niño… y después el olvido hasta el siguiente año.
Hagamos cuentas

¿Por qué no leemos los mexicanos? es una gran pregunta que no sé si tenga una sola respuesta. Uno de las principales causas se la atribuyen muchos al precio de los libros. Respecto a esto tengo mis dudas. Por ejemplo: supongamos que somos 110 millones de mexicanos -sin contar a los que viven en Estados Unidos. Ahora dividamos. De esos millones que viven en este país folclórico, supongamos que 60 millones son pobres, de estos 60 millones, 30 millones viven en la pobreza extrema y otros 30 millones son pobres “a secas”. ¿Ok?

 

Bueno, de los otros 50 millones que completarían nuestro universo, supongamos que 6 millones son ricos. Nota: para evitar complicaciones en el escrutinio, en la categoría de ricos incluyo desde las familias más ricas del país hasta sus empleados (Políticos y anexas). Y creo que un país como este sólo alcanza para un millón de “ricos, ricos”. No más. Ahora, llegamos al punto que me interesa, tenemos 44 millones de sujetos que representan la clase media mexicana, los “clase medieros y asalariados” que no es ningún insulto para como está la economía del país.

 

Centrémonos en estos 44 millones de personas. Representan algo así como: 12.91 veces la población de Uruguay, cinco veces la población de Portugal, dos veces la población de Venezuela, un poco más del total de habitantes en Inglaterra. Esto es sólo para dimensionar de cuánta gente hablamos, si a alguien le falta un ejemplo digamos que con esta gente llenaríamos 500 estadios Azteca. No es poca cosa, ¿verdad?

 

No leer es sólo un pretexto

Veamos. ¿Qué sucede con esta población? ¿Dónde está? En teoría, esta gente no tiene ningún problema para, por lo menos, asegurar un plato de sopa todos los días. Es la población que llena las salas de cines, los aviones, son los que pueden pagar un boleto en un concierto, pueden comprar una computadora, etcétera. Su única preocupación es “mejorar” y su sueño es ser un nuevo rico.

 

Si estos 44 millones de personas tuvieran el hábito de lectura, digamos, que compraran un libro al mes –como mínimo, ya que no tienen el pretexto del costo de los libros- al final del año se comprarían en México 648 millones de libros, en lugar de los 170 millones que se cree circulan actualmente. Esto aumentaría el nivel de lectura per cápita a 5 libros en lugar de las vergonzosas cifras que se manejan actualmente. Claro, suponiendo que nuestra clase media leyera sólo un libro por mes. Bien podrían leer 5 libros al mes. ¡Uf! Nuestros índices andarían en las nubes.

 

Excluido el tema del precio, entonces nos queda la formación del hábito. Leer es como jugar al futbol: se aprende de niño o máximo de adolescente. Después ya no se puede hacer el “sombrerito” ni se entiende un verso, no se tiene el valor para una “chilena” ni para pasarse la noche leyendo.

 

Saber leer y escribir

Vengo de una familia lectora, pero no de literatura trascendente o de tapa dura. Mi familia prefiere el papel couché de las revistas y el formato de bolsillo del libro Sentimental. Aunque eso sí, en mi casa no faltaron los buenos libros: Dostoievski, García Márquez, Rulfo y muchos otros también estaban en nuestros estantes esperando ser leídos.

 

Sin imaginárselo, mi madre me enseñó las dos acciones que mejor sé hacer y que más me han dado: leer y escribir. Gracias a ella, antes de entrar a la primaria ya sabía leer y escribir como ahora un niño de ocho años. Mis primeras lecturas fueron de revistas de dinosaurios, en el mismo puesto que mi madre compraba lo más nuevo de Corín Tellado pedía el siguiente ejemplar de flora y fauna del cretácico.

 

Cuando ya no hubo más revistas de estas, vinieron los libros de texto. En cuanto recibía el Libro de lecturas me imantaba hasta que terminaba de leerlo. Entonces ya me hacía falta algo más y coincidió con el hallazgo de Cien años de soledad. Tenía seis años y la trama me pareció como hecha por alguien de mi familia. Describía todo lo que veía a diario: una familia enorme, matriarcal; una población casi caribeña; geografía selvática casi pantanosa con grandes ríos navegables.

 

Así empezaron a llegar a mis manos más libros, algunos dignos de recordarse otros no tanto. Aunque no sea un candidato presidencial, si me preguntaran ¿cuáles son los tres libros que han marcado mi vida? Hasta el momento respondería Cien años de soledad, Pedro Páramo y El Astillero.

 

Un lector al azar

Mi camino en los libros no es un ejemplo a seguir ni lo recomiendo. Por el contrario, es una muestra de que en nuestro país el lector se forma al azar, y eso es en lo que basa su éxito la literatura light que ahora está dominando con sus historias de vampiros y magia.

 

Hace unos días tuve que ir al banco, llevaba Los hermanos Karamazov de Dostoievski; siempre que voy a hacer un trámite me llevo algo para leer, lecturas o relecturas. Durante algunos minutos fui el último de la fila, éramos pocos a pesar de que para nosotros, “clientes sin cuenta”, el turno es más lento.

Justo leía “…nada en la Tierra puede impulsar al hombre a amar a su prójimo; que no hay ninguna ley natural que obligue al hombre a amar a la humanidad, y que, si este amor existe, es solamente porque espera una recompensa, base sobre la cual se sostiene la creencia de la inmortalidad del alma” Cuando empecé a notar una mirada sobre mi libro. Ya no era el último de la fila, tenía un compañero de fastidio. Era un tipo no mayor de treinta años, sonrió cuando volteé a mirarlo; pensé que con eso bastaría para disuadirlo de seguir leyendo, pero no. No soy un chocante al que le moleste que lean lo que está leyendo sino que me incomodaría cambiar de página en un mal momento.

Por cortesía traté de esquivar mi libro, y no bastó, unos segundos más tarde sentí una leve presencia por encima de mis hombros. Resignado compartí la lectura. He notado que a la gente, mirar las lecturas de otras personas, le produce un morbo irresistible, casi involuntario como voltear a ver un coche, y más imprescindible que fisgar al compañero de mingitorio. Puede ser al revés, dependiendo el sujeto.
Por suerte el acompañamiento de lectura no duró mucho, con el zigzagueo de la fila, quedamos frente a un señor que traía el Record. Ya no fui molestado. Cuando iba de salida, vi a una señora entretenida con El código Da Vinci, no podía evitar mirarla, ver esa mujer tan embelesada y pensar que quizá no le llegó una mejor lectura a tiempo.

 

¿De qué sirve leer?

Mi ermitaño método de lectura sigue un patrón: si leo un contemporáneo, después complemento con dos clásicos, quiere decir que si, por ejemplo, leo a Benedetti seguirán Tolstoi y Kafka.

¿Y de qué sirve esto, dirán? En principio, porque ofrece otra perspectiva para el asombro, los que no conocen a los clásicos se dejan impresionar por cualquier “obra” de novedad. En segunda, porque ayuda a conocer las estructuras básicas de una actividad que cualquiera puede hacer.
Recuerdo que leí la anécdota de un pintor al que le solicitan que mande unas de sus pinturas o dioramas para que evalúen su trabajo y le den una oportunidad de exhibirlas; tranquilo, el pintor agarra una hoja de papel, dibuja un círculo y lo manda. No sé donde leí esto, lo estoy buscando entre mis papeles. Pero, sin duda, es la más grande lección de que para dominar un arte, se deben conocer las bases.

 

El último libro contemporáneo que leí podría considerarse como una biografía no autorizada de Elba Esther Gordillo, se llama “Y sigo siendo sola” de Luis González De Alva. Lo menciono no como recomendación, sino como ejemplo de que desgraciadamente yo no accedo a ninguno de los caminos que menciona Mario Vargas Llosa, según recuerdo, en el ensayo “La civilización del espectáculo”, donde da a entender que para aplacar las dudas existenciales hay dos caminos: la religión y la alta cultura. Primero, no soy un hombre de religión o por lo menos no un tipo que cumpla simplemente los diez mandamientos; segundo, estoy lejos de entrar a la esfera de la alta cultura y comprender todas sus claves y códigos.

 

Aunque leer más y mejores libros podría ser un buen comienzo.