OJO DE TIGRE 9/20

01Amigo Editor de este prestigioso diario Vallarta Opina, no envié el presente texto en tiempo en protesta por los atentados terroristas que tuvieron en jaque a puerto Vallarta hace apenas unos días. Hoy, ya superado mi trauma, aquí va la continuidad de la historia real de la vida azarosa y trágica de Ámbar, una Vallartense ilustre.

 

Sin tener interacción directa, había visto al jefe de aquella banda criminal muchas veces; hoy por vez primera lo tendré frente a mí. Él no es el tipo de aspecto rudo, ostentoso ni mucho menos vulgar en su trato; más bien es afable, de trato fino, pulcro y sencillo en su forma de vestir; frisa los 35 años de edad, 1.75 m. de estatura, complexión atlética, ojos café claro, pelo castaño, cara ovalada, dentadura impecable y perfecta. Dispuso en este sitio –un hangar muy amplio con un helicóptero Aérospatiale Gazelle de cuatro plazas y diversos vehículos todoterreno y de lujo–, una alfombra de color rojo, una silla de oficina y dos mesas portátiles. En la mesa que está a su derecha descansa una pistola amartillada, sin ningún lujo ni empuñadura especial, FN Herstal Five-Seven. La mesa de su costado izquierdo está vacía; aquí serviré el tequila.

 

Cuatro hombres armados con rifles de asalto M-16, a unos 30 metros de distancia del jefe custodian la escena. A unos dos metros de distancia de él, de pie, un jovencito de unos 14 a 16 años de edad, guapo, bien peinado, de camisa blanca y pantalón negro, porta al cinto cuatro teléfonos celulares; el muchacho está quieto, parece estar sereno. Frente al patrón está un hombre con atuendo de cirujano; junto a él hay una mesa con instrumental médico; acompañan al hombre dos jóvenes también con uniforme médico y cubre bocas. Nadie más. Las dos entradas al hangar estás cerradas.

 

Desnudo, mi compañero yace frente al patrón atado con alambre de púas de pies y manos sobre una cruz de madera. La buena noticia es que está vivo; la de malas, es que tiene en todo el cuerpo evidentes signos de tortura. Se ve escuálido y tembloroso. Me mira, dudo mucho que siquiera imagine que yo puedo representar su última esperanza de vida.

 

Al llegar yo con el patrón el jovencito me intercepta con la mirada y hace una señal aprobatoria para que me aproxime; el patrón me indica que llene ambas copas; así lo hago; él me ve de arriba a abajo y dice […] no te recuerdo […]; yo, simplemente encojo los hombros y él se queda satisfecho con eso; él señala una de la copas para que yo ingiera su contenido hasta el fondo; después de que lo hago espera unos segundos y empina su propia copa hasta extinguir el contenido; toma una tapa de limón, la llena con sal y chile, lo exprime en su boca con la cabeza ligeramente elevada; profiere una exclamación de satisfacción con un haaaa largo y dice […] ¡sólo las mieles de una mujer se comparan con la miel más selecta del Agave tequilana!; se pone en pie; toma la pistola y con la misma me indica que lo siga. Con la pistola y sin decir palabra, ordena al verdugo de mi compañero que eleve la cruz; una grúa ya predispuesta levanta a mi compañero hasta quedar la cabeza a la altura de la estatura del rostro del patrón.

 

El patrón se acerca a mi colega crucificado; con ternura cuasi paternal hace a un lado los cabellos para descubrirle el rostro con la punta del cañón de la pistola; sin mostrar ninguna emoción, rencor o coraje, en forma pausada y clara dice, […] has sido un niño malo, te atreviste a desafiar mi furia investigando lo que no debes; peor aún, no quieres decirme lo que sabes; pero hoy que estoy de buenas te dejaré contemplar en todo su esplendor a una de mis más hermosas mujeres; ¿sabes?, verte aquí maltrecho e indefenso me enferma; quiero terminar con esto; ya no me interesa saber lo que sabes; por este motivo, después de que mires a mi mujer, te haré el honor de clavar en cada uno de tus ojos una espina del árbol de la corona de Cristo; acto seguido, uno de mis ayudantes alojará en tu costado izquierdo una daga cualquiera; así terminarán tus andares por estas tierras […].

 

¡En la madre! ¡Ahora entiendo el motivo fundamental de cultivar el arbusto de jujube, Ziziphus spina-cristi!; ¡lo quiere para torturar con las espinas en forma ritual a quienes caen en la desgracia de ser sus prisioneros! ¡Este cabrón está agregando en mi colega una nueva dimensión del martirio que sufrió Jesús Cristo! Pero, ¿yo qué?; ¿acaso soy la Magdalena?