Ojo de tigre 10/20

En los instantes que el Patrón profería la sentencia de muerte en contra de mi compañero, el jovencito descolgó de su cinto uno de los cuatro teléfonos satelitales, el de color rojo, y sostuvo un diálogo de cuatro segundos; el muchacho se acercó al Patrón y musitó al oído unas frases de cuyo contenido sólo pude leer en su labios por la posición de su cara en el ángulo que lo dijo, la palabra helicópteros. Era evidente que la maniobra de asalto de mi grupo había sido descubierta con mucha más antelación que la que yo había previsto.

 

Por vez primera el Patrón parecía alterado; vociferó enérgico viendo, primero al muchacho, luego a los cirujanos y por último a mi […] ¡qué venga ahora el capitán del colibrí!; ¡terminen la tarea según lo previsto!; ¡, vienes conmigo! Él me indicó que le sirviera una segunda ronda de tequila y al aproximarme, siguiendo el protocolo que había observado para transmitir asuntos en extremo delicados, dije al oído con voz melosa, […] lleva contigo vivo al prisionero; si lo descubren aquí, ello tendrá consecuencias desbastadoras; actúa con inteligencia, no con violencia […]. Él empina la copa y ahora de nuevo sereno, levanta el brazo derecho sin el arma, y dice al cirujano, […] estabilízalo y ponlo cómodo de inmediato para viajar […].

 

En tres minutos la carga de cuatro pasajeros –el Patrón, el jovencito, mi compañero ahora sedado y yo–, del colibrí estaba lista. Una colaboradora cercana de él me había traído una bata de color blanco de seda y un top; así es que ya no estaba, como dicen las malas lenguas en Puerto Vallarta, […] con los cuajos al aire […]. El cirujano me dijo que aunque no habría contingencias, procurar vigilar que el prisionero, ahora vestido con ropa de cirujano, tuviera la cabeza todo el tiempo en alto para evitar que se ahogara con algún reflujo de los que suelen tener los pacientes sedados. El colibrí había sido sacado del hangar ya con mi compañero a bordo, y un cirujano que descendería cuando yo subiera. El helicóptero levantó el vuelo sin ninguna novedad con nosotros cuando en el horizonte no asomaba ningún elemento extraño. Era evidente que el piloto conocía el plan de vuelo pues sin ninguna instrucción enfiló hacia el Sur en un vuelo bajo, casi rasante por encima de las montañas.

 

Mientras el colibrí se desplazaba con suavidad por encima de aquellos parajes, mi mente estaba ocupada apreciando los detalles de un paisaje de inconmensurable belleza, majestad y paz. A mi derecha, ahora el océano Pacífico nos regala escenas dignas de los dioses; ante mi se despliega un gradiente de tonos de colores verde y azul; el espejo marino, apenas zaherido por la luz del sol, está a veces interrumpido por vetas de color chocolate en las confluencias de los ríos, y por encajes y velos de novia de color blanco causados por la eterna acción de las olas contra acantilados rocosos y playas arenosas.

 

A mi izquierda, observo una franja de vegetación seca, con árboles de tallos retorcidos de colores pálidos, cenizos, rojos y amarillo desteñido; en esta carpeta no hay monotonía; de vez en cuando aparecen hilos de vegetación verde que igual que una serpiente, desciende desde la distancia siguiendo el curso caprichoso de los caudales de agua externa o subterránea. Muy a lo lejos, quizá a no menos de 40 kilómetros de distancia de nuestra línea de vuelo, se alza abruptamente una pared formidable de color verde; el Patrón adivina mis pensamientos y dice […] es la Sierra Madre Occidental; ¿no es hermosa?; ¿ya la habías observado desde el aire? De ser necesario cruzarla, tendríamos que remontar al menos unos 2,300 m sobre el nivel medio del mar […].