Ojo de Tigre 11/20

Aunque nuestro helicóptero ya ha sobrevolado varias poblaciones, no he podido distinguir el nombre de ninguna de ellas. Más bien el cambio abrupto en la fisonomía del paisaje natural, salpicado ahora con árboles de copas frondosas de color amarillo y morado, me indica que estamos a mediados de Nayarit pues ya cruzamos las Marismas Nacionales y lo que parecía ser la playa de El Novillero.

 

La espuma blanca e inmaculada de la mar, tendida sobre la arena de color canela, extrae de golpe del archivo de mis recuerdos, el sabor amargo de la derrota. Una vez, sólo una, en ambientes similares a los que ahora tengo ante mí, amé en mi vida. Una vez, sólo una, sentí que el mundo entero se colapsaba si ella no estaba conmigo. Una vez, sólo una, la luz de sus ojos fue suficiente para iluminar mi vida entera. Una vez, sólo una, conté cada lunar de su piel morena y pude trazar en mi mente un mapa de la sensibilidad de su cuerpo. Una vez, sólo una, le dije convencida mirándola a los ojos, […] tu hueles a tragedia madre mía, hueles a pasión infinita, hueles a ternura, fe, bondad y abnegación; pero hueles además a la mujer que amaré siempre sobre todas las cosas del universo […]. Una vez, sólo una, sus cabellos rizados húmedos empañaron la visión de mis ojos y perdí en esa cortina de coral negro, la noción del tiempo y del espacio. Una vez, sólo una, así como entró en mi vida migró a una dimensión distante. Cuando se fue, supe lo que es la añoranza, amar sin ser correspondida. Surgieron también en mí, sentimientos de tristeza inaudita, dolor, frustración y desesperanza. Lloré, mucho lloré, de día y de noche; hasta llegué a pensar que me quedaría seca, sin poder otro día en el futuro de mi vida, tener la capacidad de volver a llorar por alguien. Pero superé aquella terrible opresión en mi pecho y ahora ella ya no significa nada para mí.

 

Yo misma alimenté esos y otros pensamientos todavía mas disparatados para evadir la realidad que estaba viviendo. Ya había estimado que al aterrizar el colibrí, no me costaría mayor esfuerzo someter al Patrón, que el jovencito no representaría ningún peligro y que el piloto tampoco era un rival competitivo –en estos menesteres, una debe evaluar al enemigo por indicadores certeros a modo de emplear fuerza media o alta a la hora de doblegarlos; si te equivocas subestimando al enemigo, con seguridad te integrarás al ciclo de los nutrientes–.

 

Sabía además que el helicóptero tendría una autonomía de un máximo de tres horas de vuelo. Cumplido ese lapso, habría que recargar combustible. Puerto Vallarta, Manzanillo o algún garaje clandestino sería el punto de aterrizaje preventivo entre Jalisco y Michoacán. Ensimismada estaba en esa clase de conjeturas cuando él me dice, […] te he observado desde que iniciamos el vuelo; tu curiosidad natural y espontánea por observar el paisaje natural me inspira confianza; tienes alma de niña y cuerpo de diosa; ¿dime, de dónde eres? […].

 

No contesté su pregunta, porque en ese instante pude distinguir con claridad sobre mi costado derecho que estábamos entrando a la Bahía de Banderas; este paisaje que ante mi ahora despliega toda su magnificencia, mi Matria y Patria, también fue visto por vez primera por un grupo de Europeos comandados por Francisco Cortés de San Buenaventura un viernes 24 de marzo del año de 1525.

 

En estos instantes, al contemplar un espacio geográfico que con certidumbre puedo ubicar en mi mapa cognitivo mental, me siento a gusto, igual que cuando una regresa a casa, a un lugar en donde eres bienvenida. Ese sentimiento inicial se convirtió en euforia desbordante al poder apreciar la Punta de Mictlan –no Punta de Mita así erróneamente nombrada por historiadores exóticos–, y junto a ésta, las Islas Marietas que, cual centinelas, atisban el horizonte y atestiguan todos los días el descenso del sol hacia el inframundo.

 

Un evento me condujo a otro; pensé de inmediato en las ballenas jorobadas; ¡estamos en el mes de diciembre!; ¡bien podría ser bendecida con descubrir al menos una!; y, ¡en efecto!, una hembra con su ballenato y un macho –una escolta en el lenguaje de los biólogos marinos–, se desplazan al ras de la superficie marina, apenas perturbando el espejo de una mar increíblemente quieta. Esa quietud me intriga. ¡Ya entiendo el motivo de esta calma!; ¡hoy es el día del sol sistere!; ¡el sol quieto del Hemisferio Norte!