OJO DE TIGRE 12/20

El pato pichihuila, pichichi o pirulero Dendrocygna autumnalis–, suele anidar en las copas densas de las palmeras de coquito de aceite, allá por la Vertiente Sur de la bahía de Banderas. Cuando una nueva generación con diez a treinta polluelos eclosiona a la vida, la hembra baja a los patitos uno a uno desde una altura de 40 a 50 metros hasta el suelo. Con delicadeza, la mamá levanta desde el nido con el pico a las pichihuilas miniatura, ahora capullos de plumas diminutas de color amarillo intenso salpicado de color negro; desciende con cada uno de ellos, alas desplegadas, patas membranosas bien extendidas a modo de frenar una caída vertical. La mamá pichihuila no deposita de inmediato la carga en el suelo; más bien localiza un arbusto y debajo de él acomoda al patito; al soltarlo, presiona dos o tres veces la cabeza del bebé pichihuila hasta que éste se queda quieto y en reposo. Luego la pichihuila adulta emprende un vuelo ascendente vertical hasta el nido y repite la hazaña hasta bajar a todos. Aun cuando la pichihuila bajó al último, ella regresa varias veces al nido para asegurarse que no quedó rezagado ninguno. Cuando la mamá pichihuila está segura que tiene a todos, con ellos, en fila india emprende camino rumbo a los sitios de alimentación en arroyos, lagunas, esteros, estanques naturales y desembocadura de arroyos al bordo del mar.

Esta escena la observé varios años, no como ahora se estila, […] en el discovery channel […], sino en vivo, en estado silvestre. Mi padre una vez nos convocó a presenciar este fenómeno fascinante. Pecho a tierra, toda la familia miramos aquel ritual allá por el Sur de Puerto Vallarta, en Chimo, ¿conoces? Por algún motivo al entrar a Puerto Vallarta, ahora volando en helicóptero, reviví tales escenas que ahora te comparto.

A no ser porque estoy convencida de que el individuo que tengo a escasos 40 centímetros de mi es un delincuente sanguinario, ya estaría enamorada de él. Cuando me vio entusiasmada por algo tan trivial y simple al observar la quietud de la mar y sobre el azul profundo de sus aguas a una pareja de ballenas jorobadas con un ballenato, él acertó a decir, […] pasaremos la noche aquí y si se te antoja, mañana podrás nadar lado a lado con estos colosos formidables, ¿qué dices? […]. Con una condición, respondí, […] ¡dame la oportunidad de extraer los datos que te interesan del prisionero! […]. ¿Sabes?; no acepto condiciones de nadie, pero viniendo de ti, haré una excepción; ¡trato hecho!

Aquella noche, en una residencia privada de Conchas Chinas, con un paisaje que desde la montaña domina toda la bahía de Banderas y que embriaga los sentidos, el Chef anunció, […] el menú para hoy es una entrada de copa Bicolor; el plato fuerte es un Confit, Magret Muscovy acompañado, a su elección, un 2008 Livio Sassetti Brunello di Montalcino Pertimali; o un Opus One Winery; de postre serviré un panqué de yogurt y romero […]. Te juro que no sabía de qué puñeta estaba hablando el Chef pero fingí demencia; casi quería que me tragara la Tierra cuando el pinche viejo puto se dirigió a mí, por ser la única dama en la mesa y dijo, ¿con qué bebida me honrará la señora?. El patrón se anticipó y me dijo en voz alta, […] te sugiero el blanco, se lleva bien con el pato y además no precipita colesterol […]. Nada dije, miré al Chef a los ojos y asentí sonriendo con una ligera inclinación de cabeza.

La velada fue especial; la comida en verdad exquisita; tres violines interpretando en vivo música clásica hicieron más breves aquellos momentos. Cerca de las tres de la mañana me quedé sola en la terraza con él. Las luces artificiales en un arco de 180 grados han disminuido en intensidad; en su lugar, un millón de diamantes cubre la bóveda del cielo. Grillos y chicharras han reemplazado a los violines; ranas, uno que otro tecolote y alguna ave que no alcanzo a identificar, ejecutan con cadencia y ritmo, la sinfonía del bosque. En este escenario tan especial él, sin mayor protocolo, me pregunta, ¿quieres pasar el resto de la noche conmigo?; no tienes por qué hacerlo, hay muchas habitaciones vacías, tú decide. Dije sí, porque quise, estaba convencida, no estuve coaccionada.

A la mañana siguiente cuando desperté, la casa estaba vacía. No me percaté de su partida a pesar de mi entrenamiento para estar alerta en todo momento. Sobre la mesa había una carta escrita a mano, un paquete de dinero con diez mil dólares y un teléfono satelital. La carta decía, […] eres el tipo de mujer que cualquier hombre querría tener a su lado, pero no puedo confiar en ti, aún; tienes mi permiso para quedarte en esta casa cuanto quieras; no regreses a la finca de donde salimos; para cuando leas mi nota estaré en camino fuera de México; regreso en un mes, un día como hoy; el teléfono te servirá para una sola llamada, en ese día, si quieres volver a verme. Adiós. P.D. El dinero no es pago; es mi forma de reconocer y honrar lo fino, delicado y la clase que como mujer portas de manera innata; no lo gastes en trivialidades […].