OJO DE TIGRE 14/20

[…] Alabada santísima, Tatewatsi, tutsi tinier’eni. A muweri pepawiwietikani a’awate pepaxirietikani. Tserieta petat hau ui wiyeni […]. Así comenzaba aquella oración que con fervor repetí incontables veces, hasta el cansancio, hasta ser parte de mi léxico y una memoria muscular más; la dije cien mil veces en mi cacería del venado azul, logrando recitarla con el acento perfecto; lo hice estando allá por las cercanías de Wadley, estación 14, en el por demás majestuoso y formidable desierto de San Luis de Potosí.

 

En la mitad de la nada, en Wilikuta, primer rumbo del mundo y región geográfica más sagrada de los Wixaritari, ingerí una tu’utu, híkuli o rosita, dos, tres. ¡Nada!. No llegaba a mí ninguna visión surrealista sagrada ni mundana; hasta pensé que quizá era inmune a la mezcalina y a los once alcaloides que contiene el peyote. Pero, rato después me dio mucho sueño. El mara’akame debía recitar un conjuro para que estuviera segura mientras dormía; pero no lo hizo, porque antes me venció el sueño.

 

Profundamente dormida, mi mente fue testigo de una visión muy realista, por demás extraña, en la que podía establecer diálogo consciente y razonado con los personajes que miraba. Mi reloj de pulsera marcaba las 3:00 a.m. cuando el anunciador del sol, un ave de color rojo púrpura, dio a conocer que Tau, nuestro padre Sol, se había desplazado un tramo más en su viaje de regreso desde el inframundo; en ese preciso momento llegaron a nuestro campamento los Kakaiyarixi y Teteiyarixi, ancestros Wixaritari deificados. Eran hombres y mujeres procedentes de los cuatro rumbos del mundo que acudieron a nuestro campamento, ubicado en el quinto punto cardinal. Los personajes estaban ataviados con trajes bordados en hilos oro y plata destacando figuras de plantas, animales, estrellas, sol, flores, agua, maíz, peyote, fuego y venados.

 

El líder del contingente era un niño hermoso, de escasos ocho años. Estaba ricamente ataviado, armado de adarga, arco y flechas, acompañado de sus dos hermanas, las que portaban escarcelas, atabalejos, pífanos y varios Ha’ateawari etsixa, tecomates. El niño, quien dijo ser Kauyumarie, el auténtico y verdadero venado azul, extrajo de dos tecomates diferentes, polen y polvo amarillo de uxa; con ellos dibujó símbolos en el rostro de las esposas de los mara’akate y de los niños.

 

Yo estaba al final de la fila. Pensé que no le ajustaría el polvo para dibujar algo en mi cara. Así fue. Pero él niño hizo conmigo algo diferente. Vació los residuos de ambos recipientes en la palma de su mano izquierda y los mezcló con un poco de agua; con el dedo meñique dibujó un sol en mi mejilla derecha; trazó un círculo justo abajo de mi ombligo y en cada uno de mis pezones; unió esos círculos con puntos apenas visibles impresos con la punta de una flecha hasta formar un triángulo. Mientras trazaba los últimos cinco puntos entonó en su idioma una melodía con sabor a lamento. Concluyó con una frase ininteligible dirigida a mí, que días después tradujo mi amigo al español, […] estás muy blanca y me cuesta trabajo dibujar en tu piel el mensaje. Vas a engendrar un hijo barón […]. Al escuchar la traducción, pensé, […] sencillo, llano, simple, ¡eso no puede ser! No nací equipada para ser madre […]