OJO DE TIGRE 15/20

Por lo que pude constatar, mi sueldo en la corporación no se suspendió nunca a pesar de haber faltado a lo más básico, reportarme a un número confidencial al menos una vez cada tres meses estando en Comisión. Mi madre había recibido en tiempo y forma las transferencias programadas desde mi banco. No me reporté a la base central de mi oficina porque quería pegarle un tiro en la cabeza al que me había denunciado con el enemigo o mejor aún, torturarlo con mis propias manos hasta dejarlo de modo que ni su propia madre lo reconociera; sabía quien era; más importante, él sabía que yo sabía su delito porque los delincuentes con los que había pactado me lo dijeron con todas sus letras; me dieron su nombre por un lado para demostrar lo vulnerable de mi trabajo y por otro, porque pensaron que si sobrevivía a los tratantes de blancas, no tendría agallas para denunciarlo o enfrentarlo.

 

Así es que un día, estando ya repuesta al cien por ciento de cuerpo y mente, decidí enfrentar al traidor vendido, chivato de pacotilla. Mi delator era un mando medio, servil, lame suelas, arrastrado, capaz de ponerse de tapete a cualquiera que representara un rango superior a él. Ese día, porté el uniforme de gala –saco y falda de color blanco con insignias doradas–, me fajé a la cintura el arma alternativa de cargo y entré al edificio sorteando con huella dactilar, reconocimiento de voz y registro de iris, todos los controles electrónicos más los controles visuales y de trato verbal. Al llegar con la secretaria del perro asqueroso desgraciado, ella se quedó paralizada cuando me vio; sin dar tiempo a que activara ninguna alarma ni tocara aparatos de intercomunicación, la levanté en vilo de su asiento y abrasándola, presionando con la pistola las costillas, la lleve al baño; simulando una conversación de amigas, le dije al oído […] ¿entiendes que si gritas o haces polvo, aquí mismo te mueres? […].

 

Ella asintió con la cabeza. Coloqué en la puerta del baño un letrero de Fuera de Servicio y cerré con llave. Ahí intercambié con ella la ropa que cada quien portaba, la senté en una tasa y rocié su cara con un sedante de acción inmediata. ¡Listo! ¡Ya era la secretaria del jefe! La suerte estaba de mi parte. Nadie se había percatado de la acción. Estando en el puesto de ella sonó el intercomunicador; al levantar la bocina una voz autoritaria dijo, […] preciosura, traiga de inmediato su lindo cuerpo con los cheques que voy a firmarle […].

 

Al ingresar a la oficina de mi denunciante, él estaba de espaldas a donde yo entré; reclinado en un sillón muy confortable hablaba por teléfono mirando por una amplia ventana un paisaje urbano común y corriente que se dominaba desde el séptimo piso de ese edificio. Sin voltear ni soltar su celular, me indicó con la mano izquierda que me aproximara y que desanudara la corbata que llevaba puesta.

 

Llegué junto a él, lo tomé por la corbata tal cual lo pidió, di un tirón con la intención de cortar la respiración; lo alejé del escritorio; giré su rostro hacia mi; dejé que me observara; apliqué de inmediato el sedante; él sólo alcanzó a balbucear, ¡güinduri! Ya estando mi objetivo inconsciente, levanté el celular e interrumpí una voz masculina que seguía en una perorata interminable […] el jefe está en un estado muy inconveniente y tuvo que pasar al baño; le ruego lo disculpe; ¿que, qué?; le dije a ese pendejo anoche que dejara de tragar alcohol como cerdo y no me entendió […].