Celebrando el día del Padre

Las celebraciones de todas las épocas, en todos los tiempos y latitudes de la Tierra, se han diseñado para consolidar un reconocimiento social y para propiciar una redistribución de bienestar. El Día del Padre no escapa a esta realidad.

 

Quienes son Padres –biológicos o de crianza–, necesitan que el entorno mediato e inmediato de su ámbito doméstico valide la etiqueta de su misión de vida; quienes son hijos, requieren exponer y reiterar públicamente el referente por el cual están en este mundo. El proceso de reconocer y ser reconocido genera bienestar; mueve economías locales, regionales, continentales y transcontinentales cuando se ejerce un recurso cuyo único fin es hacer sentir bien a quienes se festejan.

 

Al margen de esa visión economicista, quienes tienen uno o más hijos y decidieron emplear dinero, tiempo y energía personal para cultivar una vida y llevarla por el camino del bien; quienes asumieron con responsabilidad la figura de Padre y de la mano con la mamá o sin ella fueron fuente de respeto, seguridad, tranquilidad, sabiduría, experiencia, fortaleza moral, inspiración, guía y soporte diario y de largo plazo para la prole, sienten bonito cuando les dicen, ¡ese es mi Padre!

 

Sienten bonito escuchar, sin ningún otro interés que hacer saber un sentimiento, ¡gracias!, porque eres el mejor papá del mundo; cuando sea grande, quiero ser como tu; nunca se te vaya ocurrir morir y dejarme sin la bendición de tu compañía; los mejores momentos y años de mi vida los he pasado contigo; teniéndote de mi parte podré enfrentar al más formidable de los enemigos y al mundo entero si es preciso; lo que he aprendido de ti lo replicaré con mis propios hijos.

 

Las tales Redes Sociales y medios hablados e impresos se dieron gallo haciendo acopio de toda clase de frases alusivas al Día del Padre. Me quedo con una publicada por un Vallartense quien escribió, “Papá, escápate un ratito del cielo y ven a darme un abrazo. Felicidades en tu día.”