OJO DE TIGRE 16/20

Imagina lo que hice con mi captor. No te lo voy a narrar. Sólo te diré que negocié mi jubilación anticipada con quien podía tomar decisiones, bajo condiciones privilegiadas a mi favor; a cambio, conservé sólo para mí la historia que tenía en grabaciones de audio, video, testimonios firmados e infinidad de datos que podían ser corroborados; con la advertencia de que si un notario público de mi confianza no recibía una llamada de mi parte cada ocho días, él mismo haría la denuncia que yo ahora tenía en mis manos.

 

Mi vida dio un giro de 180º cuando días después de esta peripecia entré en un estado de gravidez muy incómoda. Un médico muy competente me había diagnosticado que nunca podría ser madre pues no nací equipada para ello; ahora mi única explicación es que la ciencia a veces se equivoca; no quiero atribuir a un milagro Wixarika –según lo vi en una visión sagrada bajo la influencia del peyote– el que haya quedado preñada. Más extraño aún es, que igual que las ballenas jorobadas que son capaces de inhibir el desarrollo del embrión cuando se desplazan en migraciones de larga distancia, así mismo sucedió conmigo –los biólogos nombran a este fenómeno, implantación retardada–.

 

Liberé un óvulo que fue fecundado en mi convivencia de una sola noche en el área de Conchas Chinas de Puerto Vallarta con el delincuente que era mi objetivo liquidar; pero el óvulo por un tiempo no alcanzó siquiera el grado de mórula o primer estado embrionario; apenas llegó aproximadamente a 64 blastómeros; el proceso no prosperó, ahí se quedó quieto en dormancia plena. Para mí, esta etapa sucedió de manera inadvertida. Supe lo que ahora te cuento meses después del momento de la fertilización cuando el mismo médico que me diagnóstico esterilidad, documentó mi caso como algo realmente digno de los anales de la medicina.

 

Luego, inesperadamente, aquella vida retomó el desarrollo de manera independiente a mi voluntad. Entonces supe lo que siente una mujer embarazada. Sueño, mucho sueño, hambre, mucha hambre y deseo incontenible de nadar en la mar fueron mis achaques. No tuve náuseas, antojos, frustraciones, tristezas ni otros síntomas que caracterizan a una mujer en estado de gravidez. Lo mío fue diferente.

 

Lo más sobresaliente fueron incontables sueños mágicos que tuve todos los días desde que fui consciente de mi embarazo –cada noche antes de dormir me preguntaba, ¿qué sueño tendré ahora?–. Uno de mis favoritos es aquel en el que yo estaba en la playa Tabito – de arena de grano grueso– en la vertiente Sur de la Bahía de Banderas. Había visto una sola vez esa playa a los escasos 7 años de edad. En aquellos ayeres, llamó mi atención las crestas rocosas que en marea baja forman recovecos simétricos y regulares distribuidos en una franja de la playa; en la vida real ahí jugué a esconderme de mis hermanos. Hoy, a 15 años de distancia de aquellos momentos, me vi a mi misma jugando con mi bebé; escuché la risa de mi niño; pude ver la evolución de su cuerpo desde una miniatura a chiquillo adolescente, muchacho muy apuesto y hombre adulto. En su juventud plena, lo vi feliz, contento, con la piel tostada por el sol y el pelo amarillo cobrizo propio de los hombres que pasan días, semanas y meses en el mar.