Matrimonio entre iguales: Denominación de origen

Hace unos días, el 12 de junio de 2015, la suprema corte de justicia de la nación (SCJN) dio resolución a la jurisprudencia 43-2015 determinando que […] El matrimonio entre personas del mismo sexo se puede realizar en todas las entidades federativas que integran el país […].

 

El ejercicio de la sexualidad es uno de los derechos más íntimos y personales; cada ser humano decide la forma de ejercerlos. Esta es una realidad insoslayable. Así ha ocurrido desde el principio de los tiempos en todas las latitudes de la tierra. Hombres y mujeres deciden qué hacer con el don más personal e íntimo que es su cuerpo, muy pesar de la opinión del vecino, de las recomendaciones moralistas religiosas o de las leyes diseñadas para inhibir conductas privadas; ninguna medida coercitiva ha funcionado. Las putas han sido y seguirán siendo putas; la infidelidad ha sido y será rampante; y, la atracción física, el amor entre iguales y los contactos cuerpo a cuerpo con propósitos de placer erótico entre individuos del mismo sexo, ha sido y será una característica presente en todas las culturas, niveles sociales, grupos de edad, profesiones y tiempos por los que ha transitado nuestra especie –¡y lo que aún falta, diría mi abuela!–.

 

Pero me parece que eso de llamar matrimonio a la unión de hombre con hombre y mujer con mujer no tipifica ni favorece a ese laso conyugal per se. Así como no puede llamarse tequila a cualquier bebida que se produzca fuera de los estándares de la denominación de origen; así como no pueden ser vallartenses ni pata salada quienes nacieron fuera del puerto de vallarta y descienden de familias distintas de las fundadoras; así como no puede ser oro una aleación de platino y cobre teñido de amarillo; así como no puede ser agua de limón un líquido a base de saborizantes artificiales; así como no puede nombrarse jamón de pavo a un producto hecho con carne de gallina; asimismo, nombrar, a pesar de lo que diga la SCJN, matrimonio a la unión conyugal entre individuos del mismo sexo es usar un calificativo que no tífica ni hace honor a quien lo porta.

 

No es que esté en contra de que los homosexuales tengan un amparo legal de su unión. En esencia por lo que pelearon –y a la postre lograron– fue por una plataforma legal para protegerse mutuamente y adoptar niños repudiados por sus progenitores. Eso se puede tener sin usar específicamente el nombre matrimonio; los orígenes históricos que acuñaron el paradigma –matrimonio, del latín matr, madre–, nos indican que fue concebido para que una pareja heterosexual fuera reconocida, aceptada y protegida en el ámbito doméstico que se desenvuelve.

 

La SCJN tiene un acierto y un error en la resolución de esta jurisprudencia. El acierto es haber dado las bases legales a la unión entre iguales; el desacierto es utilizar un nombre que socialmente causa rechazo porque en su origen fue pensado para otra clase de unión conyugal; así, en la mente de millones de seres humanos está inculcado un patrón de unión de una hembra con su hombre; por ese motivo, la resolución jurídica deja una sabor amargo en la boca.

 

Al sincero lector

 

Con tanta sabiduría, experiencia y sagacidad en el campo del derecho que estilan los integrantes de la SCJN –y sus proponentes legisladores y público homosexual–, me niego a creer que la imaginación no haya dado para seleccionar un nombre distinto al de matrimonio para tipificar el ayuntamiento conyugal entre iguales y de esa forma contribuir a consolidar ese dicho muy popular de nombrar al pan, pan; y al vino, vino. Esta es mi opinión; usted, sincero lector, ¿qué piensa?