OJO DE TIGRE 17/20

Mi madre tenía en el jardín de la casa una mata de añil –Indigofera tinctorea–, arbusto que de niña yo veía muy alto; con el paso del tiempo supe que escasamente llegaba a los dos metros de estatura. Mi mamá lo apreciaba mucho por las hermosas flores de color morado que producía todo el año. Con una infusión de las hojas de esa planta, mi santa madre teñía de color azul intenso algunas prendas que era su orgullo cuando las vestíamos. Ese mismo color lo miré incontables veces en mis sueños, en forma de aura difusa alrededor del cuerpo de mi niño estando él aun alojado en mi vientre, mucho antes de que llegara a esta nave espacial llamada Tierra.

 

Mi niño me comunicó sus diáfanos pensamientos y me hizo saber que su aspiración más grande era vivir en contacto con el mar del Puerto de Vallarta y de Cabo Corrientes; admirar todos los días los pelícanos que pasan rasantes apenas unos cuantos centímetros por encima de las crestas de las olas para luego elevarse justo cuando el tumbo dobla sobre la playa y caer en picada sobre el agua buscando su alimento; nadar al lado de las ballenas jorobadas, en especial con aquellas que enseñan a su único hijo que debe salir cada cierto tiempo a la superficie para respirar aire fresco; y con los machos de esa especie de ballena cuando entonan canciones increíblemente bellas; me dijo que se sumergiría en aguas someras y profundas alrededor de las islas Marietas para gravar en su mente los tonos de colores de los peces que ahí habitan –colores que desde luego no tienen paralelo con ninguno existente de forma natural en tierra firme; supe que era su intención flotar panza pa’ arriba en la mar en la obscuridad de la noche viendo en un cielo claro los millones de diamantes luminosos que forman figuras caprichosas.

 

Un mensaje que me dejó muy perpleja fue cuando una vez vi su cara triste, con los ojos húmedos que no podían copiar el color verde de los bosques junto a él; más extraño fue que me dijo, […] quisiera amalgamar el azul índigo de la mar con el color verde del bosque de las barrancas de Chimo; con los matices de la arena de todas las playas mexicanas; con un cristal del hielo blanco inmaculado de los Andes, con un píxel del negro azabache de la noche más larga del año; con el néctar y la fragancia de las orquídeas de mayo, la materia prima de una concha nácar, la pálida claridad de la luna, el vuelo de un colibrí cuando poliniza una flor, la brisa en la nariz de un halcón peregrino que desciende sobre su presa, los encajes blancos de la mar de la Bahía de Banderas, la fuerza de una tempestad en el mes de octubre, la nota de una partitura inconclusa de Yaocihuatl Atlanxochitl, el punto de fuga de un dibujo de Lilia Guzmán, el borde de una nube expansiva de un volcán submarino y la luz de una estrella extinta hace un millón de años. Y, con esa amalgama quisiera construir una fortaleza y en ella esconderme; vivir inmerso en el aliento de una mujer en celo y por siempre admirar embriagado el color de sus pezones y ver cómo se derrite el rímel de sus pestañas, apenas iluminadas por la luz de sus ojos, y ser, yo mismo, el espíritu del tequila. Sólo así, la perversidad, aunque exista, no tendrá, para mi ningún sentido […].

 

Al sincero lector

No sé, hasta el presente, lo que esto último significa. Usted, sincero lector, ¿puede compartir conmigo alguna idea?