Me encantan los basureros

Por Dr. en derecho Miguel Ángel Rodríguez Herrera

 

Los humanos, tú y yo, vivimos en el mundo y con las cosas que hay en él. Estar en el mundo es estar entre las cosas, ocuparnos y preocuparnos por ellas. Las cosas no son meros objetos indiferentes, sino, objetos cargados de todos nuestros sentimientos, pensamientos y vivencias. Esos objetos que rodean a nuestra vida se encuentran adheridos a nuestra personalidad de una manera tal que son parte de ella y de su desarrollo.

Nuestra forma de ser está determinada por los objetos que tenemos a nuestro alcance, ellos se encarnan en nosotros para influenciarnos, positiva, o negativamente, y no podemos vivir sin ellos. Los arrastramos a donde quiera que vayamos, los llevamos, incluso, hasta nuestra muerte. Son como las quimeras de Charles Baudelaire que nos chupan la vida.

Somos productos de nuestras cosas, las idolatramos y nos esclavizamos a ellas. A un hombre se le conoce por lo que posee. El tener se convierte en ser. Dime lo que tienes y te diré quién eres.

Sin embargo, cuando nos sustraemos de las cosas, tirándolas al basurero, es entonces cuando recobramos nuestra libertad, nos convertimos en nosotros mismos porque ya no dependemos de ellas. Tirar las cosas equivale a soltar las amarras de un barco, o, si se prefiere, arrojar el lastre que hunde a un buque o sujeta a un aeroplano, romperle los eslabones a un esclavo, etc.

De esa profunda reflexión vitalista surge el arte minimalista  y la literatura de la realidad vivencial,  como género literario que creó, el que esto escribe, sí, yo.

Por eso, me fascinan los basureros. Porque ellos representan el triunfo de la libertad, el monumento al ser yo mismo y no otro u otra cosa. Ahí se encuentra el anhelo de liberación hecho realidad. Es la esfinge dedicada a la intensa voluntad emancipadora que, esculpe, a martillazos, tú propio yo.

Por eso, el basurero es un albañal pestilente, pletórico de miasmas, letrina de cadáveres, pero, también, es obelisco, dedicado al triunfo del espíritu sobre la materia, la derrota del mundo y sus ídolos, la capitulación de los demonios frente al alma humana. En suma, es un jardín dedicado a aquellos que lograron soltar las amarras y elevarse a los espacios celestes de lo supremo, de la plenitud de ser.

Cuando pases por un basurero haz un pequeño alto y aspira, con fuerza, los olores que despiden los desperdicios; te aseguro que ese es el olor de la libertad. Observa, con atención, los cúmulos de inmundicias y verás los magníficos espacios celestes donde habitan los ángeles. Un lugar donde, los demonios y el mundo, se han extinguido.

En los basureros es donde se empieza a ver a Dios, ahí se le encuentra en toda su majestad. Si no puedes ir al templo ve al basurero.

Por eso, me atraen los vertederos.