OJO DE TIGRE 19/20

Conocí a Ámbar de manera fortuita, protagonista accidental de esta historia, un viernes 22 de febrero de 2008 en un restaurante de Nuevo Vallarta. Esa vez ella llevó a su mamá a cenar a un lugar de lujo para festejarle el cumpleaños. Cuando entré al lugar, ahí estaban ambas; Ámbar es el tipo de mujer que es imposible que pase inadvertida; posee una personalidad arrolladora; las saludé con cortesía y me acomodé en una mesa contigua. Casi para terminar ellas, la señora pidió al mesero la receta del platillo que degustó, un escauton de trufas. El mesero, cortésmente dijo que era política del restaurante no dar ninguna receta, pero que de cualquier manera preguntaría al gerente. Regresó con la cuenta y dijo, […] lo siento, no puedo concederle esa petición; si quiere, le puedo prestar al chef unos 15 días para que le cocine ese platillo, pero la receta es propiedad del restaurante […]. Cuando el mesero se retiró, me acerqué a la señora ignorando a Ámbar y con entusiasmo casi infantil dije, […] ¡doña!, ¡yo sé esa receta y se la puedo pasar!; ¡deme su cuenta de correo electrónico para enviársela! Ámbar se percató de mi artimaña y le dio un ataque de risa que no pudo disimular. La señora, inocente, cayó en la trampa y respondió, […] no tengo correo; hija, apúntale al señor tu correo y celular para que el señor nos haga el favor de mandarnos la receta […].

 

Ámbar me dio sus datos y lo que siguió es hoy una historia de muchos vericuetos. Lo de las trufas era una verdad parcial; por azares del destino el Chef era mi conocido y me fue fácil obtener la receta. Cuando supe el procedimiento, ingredientes y secretos del platillo, yo mismo cociné para la mamá de Ámbar. Hoy puedo decir que a través de una receta de trufas Ámbar se convirtió en una amiga entrañable a quien admiré en vida y llevaré por siempre en mi corazón. En al menos 35 entrevistas me narró su vida, secretos, aspiraciones, dichas y desdichas; me concedió el favor de su amistad; compartió conmigo el diario desempeño que pasó en la policía federal, criminales que enfrentó, luchas cuerpo a cuerpo con delincuentes de todo tipo; el afán de todos los mandos superiores y compañeros por tener ayuntamiento carnal con ella –algunos hasta con promesa de poner casa para ella a su nombre–; emocionada una vez me dijo la forma en que seducía a cuanto hombre le gustaba; me dijo una vez, […] si me lo propongo puedo entrar sola a un lugar público y salir con un hombre del brazo; mi blanco favorito son los que van acompañados de viejas que se creen la divina garza, dueñas del pobre pendejo que las acompaña, esos caen redonditos; sus viejas no pueden hacer nada aunque respiguen, pataleen y hagan chile con el rabo […].