Violencia en México: Raíces y consecuencias 3/5

Roberto es un joven apuesto, 1.80 m. de estatura, tez morena obscura, casi rayando a negra, de complexión atlética, pelo lacio, castaño, ojos de color verde cenizo; viste impecable con ropa de marca, casual, nada ostentoso; aparenta comportamiento sereno. La forma de conversar es amena y carismática, […] tengo dieciséis años de edad, entrados a diecisiete; soy sicario así nombran ahora a los que hacemos este jale […]. Aunque conozco y puedo manejar cualquier arma que me pongas, mis favoritas son la Beretta 9 mm. y el rifle calibre .22 CR-7; con éste hice mi primer disparo y con él pienso hacer el último. Bauticé a mi CR-7 con el nombre de Lucrecia. Luego deduces el motivo.

 

En mi niñez viví en un rancho al borde de una playa en la costa de Nayarit. Una vez, a la edad de 9 años, salí al campo con mi padre a ahijar una vaca; por el camino nuestros perros se toparon con una manada de tejones que persiguieron y encaramaron en los árboles; mi padre me dio el .22 y dijo, tumba uno para que los perros se aquieten; centré con la mira al tejón más próximo en un árbol de mediana altura y jalé el disparador de mi arma; el animal se derrumbó y los perros se abalanzaron sobre él; pero el tejón presentó su última pelea; vendió cara la vida degollando a uno de nuestros perros y cortando mortalmente a otros dos. Mi padre se enfureció; entre cientos de imprecaciones y blasfemias que me dijo, hoy recuerdo las palabras exactas de aquel día, […] ¡cuando dispares, debe ser un tiro letal; si la presa queda viva, mira lo que pasa; la bala debe ser fulminante para que tu objetivo se duerma al instante, sin dar tiempo a externar algún aliento de vida! […]. He seguido desde entonces esa enseñanza.

 

Mi madre criaba en el rancho toda clase de animales, gallinas, gansos, patos, guajolotes, palomas de varias clases, pericos, guacamayas, gallinas de guinea y codornices; […] con decirte que una vez hubo en el patio de mi casa una tortuga, un jabalín, un venado y un cachorro de tigre; ¿no me crees?, ja, ja, ja; ¡te juro que es cierto! […]. Bueno, te platico esto porque los animales de mi mamá eran víctimas frecuentes del gatillo de monte, tilcuate prieto, ilamacoa, tlacuaches, varias especies de gavilanes, halcones y halconcillos. Yo era el francotirador de mi casa; mantenía a raya a todos los depredadores; a los aéreos con un tiro en la cabeza; a los otros, incluidas las serpientes, les ponía una bala en medio de los ojos. Tengo el don de la buena puntería, pero para perfeccionarla fue necesario practicar; allá en mi rancho me envicié en eso de la tirada; por puro gusto gastaba cajas y cajas de parque; era el proveedor de alimento gratuito; llevaba a la casa, cada que se me antojaba, venados, palomas, iguanas y chachalacas. Así afiné mi puntería; podía tumbar una cucaracha a setenta metros de distancia.

 

La vida da muchas vueltas. Te sorprenderá saber que cuando tenía la edad de 14 años llegó a mi rancho un contingente de monjas a realizar un retiro espiritual. Una de ellas de nombre Lucrecia, de 23 años de edad, me enseñó lo que es el amor carnal entre un hombre y una mujer; a la vista de todo mundo ella me instruía en el rezo una hora por las tardes para la primera comunión; durante los rezos le dije que me gustaba y la convencí de que saliera cuando sus hermanas estuvieran dormidas; me hizo caso; salía a deshoras de la madrugada; la veía en la playa; ahí tuvimos encuentros de pasión y lujuria intensos durante una semana. Me enamoré perdidamente de ella; le pedí que se quedara conmigo; […] la muy puta, desgraciada, cabrona, méndiga, jija de la chingada me dijo que no podía porque era esposa de Cristo […]. Cuando se fueron, me sentí muy devastado; aguanté un mes sin verla; con poco dinero y sin conocer casi nada de una ciudad, me largué a Guadalajara a buscarla; encontré el convento, pero mi esfuerzo fue en vano porque ella ya no estaba ahí. La madre superior me dijo que Lucrecia le confesó todo; creyendo que estaba embarazada, renunció a sus votos y abandonó el hábito; la busqué en una dirección que me dieron pero por desgracia, había cambiado de domicilio. Nunca di con ella.

 

Trabajé unos días en el mercado de abastos; era preciso tener algo de dinero para comer y regresar a mi rancho. Ahí conocí a un transportista y comerciante de papayo y piña originario del municipio de Tomatlán, Jalisco. Él me dio ride hasta esa zona. Nos hicimos compas. Le conté mis penas; entre muchos temas de conversación, supo de mi afición y habilidad natural para el tiro; le dije […] mira, no me tiembla la mano, es que me la jalo poco […]. Por él me enrolé en esto que estoy ahora; me conectó con un tipo que nunca supe el nombre; me ofreció para empezar un sueldo de $300 diarios; al inicio no sabía a lo que iba. Tuve mi primer mes de sueldo sin hacer gran cosa; sólo tiro al blanco, manejo de toda clase de armas y extensas conversaciones acerca del honor, valor del silencio, prudencia, moderación y discreción, todo lo cual aquella persona encerró en un concepto que nombró omertá. Un día ese tipo simplemente me dijo, voy a tener un relevo; no te volveré a ver nunca. Desde entonces me dan cada encargo a través de un celular desechable que me sirve para una llamada; recibo un pago en efectivo cada semana; el moni llega en un sobre cerrado que me entregan de diversas maneras, en distintos lugares; no hay riesgo de que un día no me paguen, son tipos honorables; […] eso sí, unos hijos de la chingada, pero son mis hijos de la chingada, están de mi parte aunque no los conozca en persona […].

 

Mi patrón me proporciona las herramientas de trabajo; siempre las mismas, de igual modo; regreso el préstamo después de usarlo. La técnica varía; un tiro de mediana distancia apoyado en un tripié; o a corta distancia, a pulso, con la Beretta; todo el tiempo con tres a cuatro comparsas de apoyo para movilización y cobertura. Mi sede es Puerto Vallarta; a veces hago hasta dos encargos a la semana, entre Sinaloa y Michoacán; luego, por dos a tres o hasta cuatro semanas, nada, todo en paz. No tengo remordimientos, estrés ni nada parecido; no conozco a las víctimas; no hay nada personal en esto; no existen en mí sentimientos de rencor, odio o venganza; actúo con mi mente lúcida, jamás ebrio o drogado; nunca los miro a los ojos; ellos simplemente se duermen, es como si de repente les cayera un rayo; un poco de humo en la punta del silenciador de mi arma acompañado de un ligero chasquido apenas perceptible a mis oídos y alguien se dobla a una distancia alejado de mí, entre 5 y 100 metros.

 

No me dedicaré a esto de por vida. De hecho, el primer contacto que tuve me hizo saber que sería un jale temporal, […] mientras te sientas seguro y no te tiemble el pulso; si tienes la menor duda de tu capacidad, antes de la acción, dejas todo y nunca te conocimos; serás tu propio juez, porque si sigues adelante y fallas, ese será tu fin […]. No tengo vicios; aunque éste no es un gran sueldo, he logrado ahorrar para vestirme bien; compré un carro de segunda mano; hace poco estuve en mi rancho; llevé a mi madre y hermanos toda clase de golosinas, juguetes y ropa que allá es imposible conseguir. Pienso traer a mi hermana para que estudie y me haga de comer.